XIV Edición  |  Curso 2017-2018
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La decisión de su vida
Teresa Cappuyns, 14 años
Colegio La Vall (Barcelona)

Isabel miró el reloj. Le sorprendió ver que eran las siete y media, porque eso quería decir que no habían sido las campanadas de la iglesia lo que la había despertado. Pero entonces… Riiing, riiing… «¡Ah, ya entiendo». Riiing…

—¿Diga?

—¿Isabel?... Soy yo. ¿Ya te has decidido?

—Mmm… Pues aún no. ¿Me dejas un poco más para pensarlo?

—Bueno, pero solo tienes hasta mañana a esta misma hora.

—¡Mil gracias! Hasta entonces.

Colgó y se volvió a estirar en la cama. Como no podía dormir, se quedó mirando al techo. Un pensamiento le llevó a otro… Aparecieron en su cabeza las palabras que le había repetido su madre, constantemente, durante su niñez: «Cuando tengas un problema, cuéntaselo a alguien». La única razón por la que Isabel no lo había hecho era porque no tenía a quién contárselo.

Una imagen se dibujó en su mente, la de un amigo fiel al que le había confiado todos sus problemas desde pequeña: su diario. Para Isabel era más que un cuaderno de tapas verdes cerrado firmemente con un candado; era la tumba que guardaba todos sus secretos. Decidió confiarle una vez más las dudas que la atenazaban. Abrió el segundo cajón de su escritorio, lo sacó y empezó a escribir, dejando que las palabras brotaran por sí solas:

13 de Enero de 1953

Quintana de Marco, Castilla, España

Querido diario:

Hoy he decidido escribirte porque necesito a alguien que me ayude a encontrar solución a mis problemas. Empezaré desde el principio, para que me entiendas.

Mis padres, Juan Mendoza y Clara Bazarra, son personas muy conocidas por poseer una gran fortuna, y no les quito el mérito, pues les ha costado trabajo conseguirla. Pero a causa de ese dinero, el mundo entero vigila de cerca todos sus pasos. Aun así, he tenido una infancia feliz.

Y ahora me preguntarás qué tiene que ver eso con mis problemas. Pues bien, te lo contaré: en esta época todavía hay gente que piensa que las mujeres somos inferiores a los hombres y que no somos capaces de tomar decisiones, ya sea por debilidad o por falta de inteligencia. Por esa razón, en mi casa han decidido en el pasado por mí, pero a partir de ahora ya no lo voy a permitir.

En los últimos años les he dado muestras de que tengo inteligencia y buen juicio. Sabes que al cumplir la mayoría de edad, me fui de casa y decidí que quería lograr las cosas sin contar con el dinero ni la influencia de mis padres. Y lo he logrado. He llegado lejos.

Pero ahora he de tomar una decisión que podría cambiar mi vida. No lo he dudado ni un instante: sé perfectamente el camino que he de escoger, pero no quiero que la gente me vea como una chica caprichosa o soberbia por apuntar tan alto.

¿Qué harías tú en mi lugar?...

Gracias por todo.

Isabel

Isabel dejó de escribir y un largo suspiro escapó de su boca. Releyó el texto y eso le aclaró las ideas. Por fin pudo dormirse tranquila, como hacía tiempo que no lo lograba.

Cuando a la mañana siguiente Alfonso, su hermano —que era el único que la entendía—, volvió a llamarla, ella cogió el teléfono con determinación.

—¡Buenos días, Isabel! Siento molestarte tan temprano, pero papá y mamá necesitan tu respuesta para continuar con los preparativos.

—¡Buenos días, Alfonso! Diles que acabaré Medicina y que me especializaré en neurocirugía. Y si no lo consiguiera, trabajaré de profesora o cualquier otra cosa. Diles también que no voy a aceptar un matrimonio impuesto por ellos y una vida como ama de casa; lo lamento, pero no estoy hecha para ese tipo de cosas. Me casaré con quien yo quiera y en su momento.

—Veo que estás decidida.

—Así es.

—Entonces no hay nada más que añadir, excepto desearte suerte. Espero que cumplas todos tus sueños.

—Adiós, Alfonso.

—Adiós, Isabel.

 
 
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