XIV Edición  |  Curso 2017-2018
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Mentiras
Carmen Del Toro, 17 años
Colegio Entreolivos (Sevilla)

Falsedades, mentiras, bulos, medias verdades, tergiversaciones, mentirijillas… Parece que las mentiras están en todas partes, escondidas como las cucharachas bajo los suelos de una casa vieja. El periódico o el telediario son caudales de mentiras: la intervención de un político en un mitin, las encuestas sobre cualquier asunto, las verificaciones en las catástrofes naturales, etc. Pero no deberíamos ir tan lejos a buscarlas, pues florecen como hongos en nuestro día a día.

Hay varios motivos por los que una persona engaña. Puede ser con la intención de herir, para quedar bien, para salir del paso, para aparentar ser quien no es, para evitar el dolor de alguien querido…

Si una persona dice una mentirijilla sin importancia en un momento concreto no es preocupante. La situación cambia cuando mentir se convierte en un hábito, cuando esa persona no puede dejar de falsear. Sin embargo, y aunque parezca una sandez, para ser un buen mentiroso se necesitan unas cualidades que no todo el mundo posee. Por ejemplo, la inteligencia y la memoria, ya que no se puede dar un día una versión de algo inventado y al día siguiente contar lo contrario. Además, se debe tener poder de convicción: las mentiras deben ser creíbles, de tal forma que el embustero debe contar historias o situaciones normales, que no contengan demasiada ficción, sino que realmente puedan ocurrirle a cualquiera —aunque en su caso sea un embuste—. Un ejemplo es lo que le ocurrió a mi hermano cuando era pequeño: le contó a la profesora que iba todos los fines de semana al Central Park Zoo de Nueva York para darle de comer a las jirafas, cuando en realidad íbamos al pueblo a ver a los abuelos. Aquello era una mentira sin importancia, pero es un claro ejemplo de un embuste que no es creíble porque es irreal, producto de la imaginación de un niño.

El problema se presenta cuando el mentiroso es descubierto, ya que comenzamos a sospechar y cuestionar todo lo que dice.

Parece que el mentiroso no es consciente de las consecuencias que pueden tener sus líos. No sabe que cuando uno pierde la confianza de sus amigos, es muy difícil volver a recuperarla. Lo refleja una famosa frase: «No me preocupa que me hayas mentido, sino que nunca más volveré a confiar en ti». Por si fuera poco, se corre la voz acerca de la naturaleza del mentiroso. Nadie quiere ser amigo de una persona que para justificar una mentira dice otra, y otra, y otra y… Su vida se convierte en un fraude, aunque puede tener una solución: empezar por pedir perdón, con la decisión de comenzar a reconstruir la relación dañada, reconociendo que padece un serio problema, e incluso, si fuera necesario, pedir ayuda a un especialista. Pero solo es posible si el mentiroso quiere cambiar, con interés y empeño, porque decir mentiras o decir verdades es algo que se aprende; te lo enseñan desde pequeño y, con los años, es un hábito adquirido.

Los mentirosos deben tener claro que «se les coge antes que a un cojo».

 
 
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