XIV Edición  |  Curso 2017-2018
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Animalistas y animaladas
Coral Fernández-Palacios, 17 años
Colegio Entreolivos (Sevilla)

Desde que somos muy pequeñas, mis hermanas y yo hemos suplicado a nuestros padres para que nos comprasen un cachorro con el que jugar. Al ver que aquellos ruegos por tener un perro no daban resultado, mi hermana mediana decidió cambiar la petición por un conejo, y en los últimos Reyes apareció Bombi en casa. Se trata de un animalito peludo y regordete que a mi hermana pequeña no le hizo mucha gracia, al menos al principio, ya que seguía prefiriendo un perro. Pero con los meses nos reconoce que se ha encariñado de Bombi.

Que tengamos un conejo y no un perro se debe a la negativa de mi madre, que está convencida de que los perros exigen un nivel de responsabilidad y compromiso que no nos ve capaces de asumir. Entiendo su punto de vista, ya que mi hermana tuvo una tortuga que acabó regalando al hermano de un amigo mío porque apenas le hacíamos caso.

Aunque mi hermana mediana considere a su nueva mascota como parte de la familia, Bombi no deja de ser un conejo. Si realizo esta matización es porque los animales domésticos están empezando a ocupar un lugar que no les corresponde. Sin ir más lejos, la semana pasada me llegó la noticia de que una empresa, llamada Manfred of Sweden, ha sacado a la venta un abrigo para perros que cuesta doscientos cincuenta mil dólares. A pesar de semejante precio, ha tenido mucho éxito en Tokio. Sé que es una originalidad extraña, pero este sector (el de los artículos para mascotas) está obteniendo grandes beneficios gracias a un crecimiento rapidísimo de la demanda en los últimos años. Cada vez son más las personas que invierten en sus animales de compañía importantes sumas de dinero, al considerar que sus mascotas tienen una serie de necesidades que, en realidad, son muy superiores a las que realmente requiere un animal. Incluso las tratan como si fueran personas.

Al mismo tiempo, sabemos que las perreras municipales están repletas de mascotas abandonadas, lo que prueba que existe una relación directa entre el capricho por los animales de compañía y la incapacidad de sus propietarios para cumplir sus obligaciones, quizás por centrarse en lo que las mascotas no necesitan en vez de en lo que realmente les hace falta: un lugar en la vivienda, comida, salud y cariño, pero no el trato que se dispensa a los niños mimados.

 
 
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