XIV Edición  |  Curso 2017-2018
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La verdadera razón
Inés Rosique Gutiérrez, 16 años
Colegio de Fomento Altozano (Alicante)

Simon Sinek es un escritor y orador motivacional inglés. Di con él hace unos días, en Youtube, cuando por casualidad vi el que es uno de sus discursos más conocidos: «The real reason she fell in love with you» («La verdadera razón por la que ella se enamoró de ti»). Me sentí engañada, pues su conferencia no tenía casi nada que ver con el título. Sin embargo, hallé una serendipia, un tesoro fabuloso que no esperaba.

El discurso, entre otros temas, trata sobre la consistencia: no ver el resultado inmediato no implica que no habrá resultados futuros. Él pone un ejemplo muy concreto: los dientes. Vamos al dentista dos veces al año, pero el resto de los días no nos olvidamos de cepillarlos unos dos minutos cada vez, dos minutos aburridos que cuando pasan no nos muestran grandes cambios, pero es la suma de todos esos dos minutos la que hace que podamos seguir masticando sin que perdamos una de nuestras herramientas vitales. Y esto da que pensar.

Vivimos en una sociedad en la que todo pasa excesivamente rápido. En 0,87 segundos podemos tener tanta información como para llenar una de las enciclopedias que nuestros padres y abuelos utilizaban en el colegio. Todo nos llega tan inmediato que, a veces, da la sensación de que perdemos la capacidad de espera. Por ejemplo, cuando la cena que hemos pedido a domicilio se retrasa cinco minutos, nos desesperamos, pues no concebimos que debamos esperar más allá del tiempo estimado.

Solo pensamos en el propio beneficio y, a veces, pensar tanto en nosotros nos vuelve personas egocéntricas que pierden los modales. Es frecuente que no se den los buenos días cuando entramos a la panadería por las mañanas, o que no miremos a los ojos al camarero cuando estamos pidiendo nuestra comanda, o que si preguntamos «¿Cómo te va?», no escuchemos la respuesta; la oímos, pero no la escuchamos.

Gracias a Robin Dunbar, un conocido antropólogo, psicólogo y biólogo, sabemos que tenemos la capacidad de relacionarnos con unas ciento cincuenta personas en un lugar determinado. Si dentro de un colegio conviven más de quinientas, es imposible conocerlas y tratarlas a todas, lo que no quita que debamos sonreír y ser amables con cualquiera que nos encontremos.

Lo que nos distingue a unas personas de otras es la educación. Vale más una persona que sea amable, que haga voluntariado o que tenga disposición de ayudar, aunque en lo académico, tal vez, no sea excelente, que otra con tres matrículas, pero que sea una persona vil. Aunque a veces pueda parecer lo contrario.

Por eso, hay que hacer lo que nos propongamos hasta el final, intentando alcanzar el objetivo propuesto. Pero, sobre todo, hay que hacerlas bien y con el propósito de que ayuden a que los demás sean más felices, especialmente aquellos que pretenden ayudarnos o aconsejarnos, valorando el tiempo que nos dedican.

«No es cuestión de eventos, no es cuestión de intensidad; es cuestión de consistencia», es la frase con la que me quedo del discurso de Simon Sinek, porque vida solo hay una y tenemos dos opciones: pasarla por el camino malo o que, cuando miremos atrás, estemos orgullosos de lo realizado.

 
 
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