XIV Edición  |  Curso 2017-2018
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Pepa
Juan Botas, 14 años
Colegio El Prado (Madrid)

Mi padre y yo nos pusimos rumbo a Zaragoza, pues mi tía Guadalupe se había informado acerca de una fundación que educa y entrena a pequeños perros de la raza Jack Rusell, para que se especialicen en detectar el olor llamado «isopremo», que genera el cuerpo de las personas que padecen diabetes (que es mi caso) cuando el nivel de glucosa en sangre asciende o desciende rápidamente.

Durante el viaje yo estaba tremendamente ilusionado, pues iba a tener un perro... Después de unas horas llegamos a un pequeño local que tenía un letrero en la parte superior de la puerta con su nombre: Fundación CANEM. En cuanto nos bajamos del coche, una mujer de grandes gafas y aspecto amigable salió a recibirnos y a avisarnos de que todavía no era el horario de apertura. Se oían ladridos y comencé a impacientarme por entrar. Cuando un cuarto de hora más tarde abrieron la puerta, fui con mi padre a una sala que tenía una mesa alargada. En una de las cabeceras nos esperaba un hombre de mediana edad y aire serio. Era uno de los responsables de la fundación y tenía sobre el tablero la documentación de mi perra. En cuanto llegaron otros compradores, se levantó y comenzó a hablar. Nos dio diversas instrucciones relacionadas con la vida junto a cada uno de los perros.

Por fin, llegó el momento: la mujer y aquel hombre (que había salido un momento de la sala) llegaron con los animales en los brazos. Lydia, con delicadeza, me entregó al animal. Agarré a mi perra con ternura y la hice varias caricias. Era muy pequeña, blanca con algunas manchas negras, sobre todo en el rostro. Su nombre ya se lo había puesto unas semanas antes: Pepa. Me parecía un nombre sencillo, corto y divertido.

Abandonamos la fundación por la tarde, pero sin la mascota, ya que antes de llevárnosla debíamos informarnos acerca de diversos asuntos. Pasamos el resto del día haciendo turismo por la ciudad.

Al día siguiente compramos un transportín y una correa, y nos acercamos a recoger a Pepa. Nada más arrancar rumbo a Madrid, observé que Pepa me estaba mirando con una intensidad conmovedora. De pronto ladró. Busqué mi Freestyle libre —el sensor que mide el azúcar que llevo en sangre— y observé que estaba en 180 gramos de glucosa, y que esta iba bajando con rapidez. ¡Pepa lo había olido y me avisaba! Comprendí que iba a ser una amiga muy eficiente.

Pepa, actualmente, es una perra inquieta y traviesa. De vez en cuando se sienta, me mira y ladra.

 
 
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