XIV Edición  |  Curso 2017-2018
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Amistades
Mariana Torres, 16 años
Colegio Senara (Madrid)

Si tuviese que definir con dos palabras la relación con mis amigos, «montaña rusa» serían las más adecuadas, porque cuando se me presenta la oportunidad de conocer a alguien, es como cuando observo la atracción desde detrás de la valla: siento una mezcla de miedo y adrenalina. Deseo subir y disfrutar de ese viaje tan atractivo, pero, al mismo tiempo, cuando me fijo en el gesto con el que bajan los que acaban de terminarlo, me doy cuenta de que puede resultar demasiado arriesgado (mareos, pánico, malestar…). Entonces empiezo a dudar, a plantearme si me compensaría pasar un mal rato con las subidas y bajadas, con las curvas cerradas, los virajes bruscos y las sacudidas. Descubro que estoy en la puerta de entrada y que no hay marcha atrás: ha llegado el momento de la aventura.

Una vez instalada en el vagón, situado en la pista de lanzamiento, compruebo cómo va ascendiendo casi en vertical. Por supuesto, voy con miedo y, a la vez, con muchas ganas, lo que coincide con la peor parte de una amistad, cuando todavía no he conseguido captar lo esencial de la persona y me resulta desconocida. A su vez, es un periodo de sorpresas, muchas veces gratas. Cuando empiezo a descubrir sus rasgos interiores es como el momento en el que me asomo a la primera bajada. Instantáneamente se generan en mi cerebro múltiples sensaciones, que varían en función del individuo. Simplificando, obtengo dos tipos de respuesta: una positiva y otra negativa ante el riesgo de asumir la confianza respecto a ese nuevo amigo.

Pero no siempre hay que juzgar un libro por su portada: debemos ser pacientes y esperar a llegar al final. Así, no debemos juzgar a una persona por las primeras impresiones. Estas nos pueden ofrecer matices, pero también generar prejuicios que pueden dañar nuestra opinión con un veredicto injusto.

A modo de ejemplo, la relación que tengo con mis mejores amigas puede parecer envidiable, pero, como acabo de escribir, toda amistad tiene subidas y bajadas. Las primeras veces que quedábamos los fines de semana, eran encuentros algo superficiales donde lo importante era pasárselo bien. Después de unos meses, hubo un momento que selló nuestra amistad: ante un problema que sufrí, se mantuvieron firmes a mi lado, me apoyaron e intentaron sacar lo mejor de mí. Desde entonces sé que puedo contar con ellas, a pesar de que a veces discutamos o haya malentendidos entre nosotras.

Ya he bajado de la atracción, y me encuentro con la realidad. Tengo los pies en la tierra. Es el momento perfecto para sopesar el carácter del amigo, si quiero volver a repetir la atracción o si decido no volver a montarme —si es mejor no volver a verse—. Pero si
decido volver a subir, sé a lo que me enfrento. Acepto con gusto las curvas del trayecto; aunque unas me gusten más que otras, todas son indispensables para completar el circuito.

 
 
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