XIV Edición  |  Curso 2017-2018
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El capitán William
Alejandro Quintana, 13 años
Colegio Mulhacén (Granada)

Un día cualquiera de un mes cualquiera de 1683, La Calavera Maldita, bajo el mando del capitán Willian, atracó en el puerto de Poole, en Gran Bretaña, después de haber practicado la piratería asaltando galeones españoles en aguas del Atlántico durante varios meses.

A pesar de que los piratas habían acumulado un gran botín, al llegar a puerto abordaron el buque del rey, que llevaba un valioso tesoro: lingotes de oro, plata, joyas y abundantes piedras preciosas. Una vez lo subieron a bordo, pusieron rumbo al Caribe. Pero Jorge II envió a su armada para que acabara con ellos.

Al día siguiente del robo en el puerto de Poole, se podía distinguir a un marinero de veinte años que estaba fregando la cubierta. Se llamaba Stephen.Cuando cumplió dieciocho años salvó al capitán Willy de acabar en la cárcel a causa de un robo a mano armada. Desde entonces se ganó la amistad del capitán y se unió a su tripulación, como segundo de a bordo.

Veinte días después, cuando al fin iban a atracar en una isla del Caribe Occidental, el hombre de la cofa de vigía, gritó:

—¡Capitán!

William salió de su camarote y el hombre volvió a gritar.

—¡A proa!... —les señaló—. ¡Casacas rojas!, ¡casacas rojas!

El capitán sacó su catalejo y contempló a la flota del rey. Entonces sacó su sable y proclamó:

—Nos quieren quitar el tesoro. ¿Vamos a permitírselo?

—¡No! —gritó la tripulación a coro.

—Entonces tensad las brazas mayores y preparad la artillería. ¡Defenderemos el tesoro con nuestra vida!

Los marineros sacaron las armas de la bodega y prepararon las balas de cañón y la pólvora. Stephen se colgó a la espalda una escopeta de postas y enganchó a su cintura un arcabuz.

De pronto el cielo empezó a nublarse hasta que se oscureció por completo antes de rasgarse en una lluvia torrencial. El mar, al mismo tiempo, pareció enloquecer con grandes olas que balancearon al barco y a la flota inglesa.

—¡Aguantad, mis valientes! Girad el timón para aprovechar la marea a nuestro favor.

El barco viró por completo. Mientras tanto, los galeones de Jorge II, al albur de las olas y las corrientes, chocaban entre sí. Cuando La Calavera Maldita tuvo a tiro el primer barco enemigo, comenzó un auténtico infierno, y los cañones causaron graves daños en palos y cubiertas. Por eso los ingleses se preparon para el abordaje. Horas después, quince naves del rey se habían ido a pique, pero muchos de los piratas yacían muertos.

Cuando el capitán William dio la batalla por ganada, El Inquisidor, el navío inglés más poderoso, comenzó a soltar cañonazos contra los piratas.

—Capitán, tenemos que huir o nos matarán a todos —clamó un marinero.

—¡Jamás!

Se golpearon las embarcaciones y comenzó el abordaje. Stephen, desde el pie del mástil mayor, disparaba con su escopeta.

Parecía que todo estaba perdido para los bucaneros, pero el capitán Willy soltó el timón, llenó los bolsillos de su chaqueta de pólvora y metralla, y se acercó a Stephen.

—Cuida de mi barco, muchacho; ahora es tuyo —. Y a modo de despedida, le puso la mano en el hombro.

Antes de que Stephen pudiera detenerle, el capitán saltó a El Inquisidor y corrió hasta la bodega. Al cabo de unos momentos, la nave inglesa reventó y comenzó a hundirse.

Horas más tarde, los piratas depositaron en unos barriles la parte del tesoro que le correspondería al capitán, y los tiraron al mar. Había llegado la hora de partir hacia las islas de Occidente.

 
 
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