XV Edición  |  Curso 2018-2019
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Por sí mismos
Belén Ternero, 15 años
Colegio Entreolivos (Sevilla)

Desde que nacen, a los ciudadanos de la ciudad de Estarcio les aguarda un destino. En el momento en el que pronuncian su primera palabra, dependiendo de su entonación, el Estado les obliga a educarse en una u otra rama del saber. Cada paso que da una criatura está dirigido por el Estado, que la pone en camino, orientándola en una dirección determinada. Hasta que no alcanzan la mayoría de edad y, con ella, adquieren la capacidad de decisión, ese niño o esa niña no tendrá voz ni voto en su futuro.

Son pocos los que cambian de ruta educativa, lo que la ciudad de Estarcio entiende como un éxito de su política. Los ciudadanos eran incapaces de buscar otras alternativas a la formación de sus hijos. O quizás sí que lo eran, pues de ese conocimiento surgía el germen revolucionario en la población de más edad, que años atrás conoció otra metodología. Pero a Estarcio no le hacía falta caer sobre ellos como un rayo implacable; la Naturaleza sofocaba las revueltas aniquilando a sus líderes con la maldición de la edad.

Los revolucionarios eran testigos de cómo se reducía su número. Pronto, la revolución moriría con ellos. Pero se les ocurrió una idea: si la ciudad utilizaba la educación como la llave maestra para el control de la población, ¿por qué no usar ese arma en su contra?

Poco después comenzaron a faltar los niños a clase. Las excusas eran de lo más variopintas. Cuando Estarcio comenzó a sospechar, envió a un cuerpo especial para que solucionase el problema. Pero los niños no se encontraban en sus casas, tampoco en los parques ni en las calles; era como si se hubieran volatilizado.

A aquellos soldados, que habían formado parte del mismo sistema educativo regido por el gobierno de Estarcio, no se les ocurrió echar la vista hacia la Naturaleza: hacia los bosques y montañas que formaban una barrera natural para la ciudad. Y es que los ancianos se llevaron a los niños allí y les dejaron conocer la Naturaleza a través de sus cinco sentidos: hinchaban los pulmones con el aire puro, correteaban y se subían a los árboles, arañándose las manos con las cortezas de los troncos, comían en grupo los frutos del bosque y después se sentaban a escuchar a sus abuelos, infatigables contadores de relatos que les dejaban boquiabiertos, les hacían llorar y reír. Día a día, los ancianos vieron cómo esos niños empezaban a desenvolverse sin necesidad de ayuda, pues aprendieron a equivocarse y reintentar cumplir cada uno de sus retos. Eran conscientes de que ninguno de ellos sobreviviría para comprobar el resultado de aquel alocado plan, pero sabían que la revolución merecía la pena con tal de ver a esos niños viviendo por sí mismos.

 

 
 
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