XV Edición  |  Curso 2018-2019
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La isla de la fantasía
Camino Martínez García, 15 años
Colegio Canigó (Barcelona)

Ahora el mar está en calma, pero en la historia que te voy a contar parecía totalmente diferente. Cierra los ojos y céntrate en escuchar únicamente el sonido de las olas al romper. Ahora intensifica ese sonido y visualiza que esas olas se transforman en montañas sobre el horizonte del océano. Apenas hay luz, ya que las nubes esconden la calidez del sol. El viento es frío y húmedo. Si ahora el resplandor del sol causa que el mar se presente azul, en esta historia las nubes negras coronaban el paisaje marino y el agua se había tornado de un color grisáceo. La arena blanca y caliente que tocas ahora, en esta historia era negra azabache, como si fuera volcánica.

En el fondo del océano, un poco alejado de la costa, había sirenas y tritones. De la cabeza a la cintura tenían cuerpo humano, aunque con la piel más gruesa para aguantar el constante roce con el agua. Por sus venas corría la sal. De cintura para abajo tenían una gran aleta, algunos marrón, otros azul y otros verde. Excepcionalmente unos pocos lucían un precioso naranja. Cuando los rayos del sol atravesaban la superficie del mar, las escamas les brillaban.

A día de hoy nadie cree en estas fantasías, pero ¿qué es una fantasía? ¿Qué es la magia? De pequeños tuvimos una fe ciega en la magia, pues disfrutábamos del poder de creer en «lo imposible». De alguna manera comprendo a los que no creen en lo que no ven; pero entonces, ¿de dónde viene la fuerza del mar? ¿Qué guarda en su interior ese inmenso océano para formar las olas? ¿Y el viento? ¿Y la corriente de los ríos? Estoy segura de que todo tiene una explicación científica, pero ¿por qué no cambiar esa explicación por la fantasía?

El mundo esconde algo más grande que la realidad. Por ejemplo, aquella playa era especial, ya que guardaba secretos más allá de lo que podemos ver con nuestros ojos. De hecho, hay veces que es mejor cerrarlos.

Antes de llegar a la playa, la tripulación de mi historia navegaba en un barco con las velas extendidas que, guiado por el viento, seguía las estrellas con brújulas, astrolabios y telescopios. No era el único; había tres naves que surcaban el mar al unísono. Se trataba de una expedición europea. En el primer barco viajaba el cabecilla con su familia: él, su mujer y sus dos hijos, Lucas y Alicia. Habían extendido un mapamundi en la mesa del camarote del capitán, junto a compases y otros instrumentos para dibujar su ruta. Detrás iba otra nave, con toneles de agua dulce y vino, así como con la comida necesaria para la aventura. El último escondía en su bodega todo lo necesario para levantar un campamento.

El capitán, llamado Apeles, tenía una gran fortuna, aunque en la ciudad consideraban que estaba loco. Él exigía al rey y a todos los cartógrafos del país que investigaran una misteriosa isla, donde las nubes destilaban agua, donde el mar tenía fuerza propia, donde existían mareas, olas y corrientes. Apeles les explicaba a los cartógrafos que en esa isla venía una sensación de calor y luz desde lo más alto del cielo y que en el entorno el viento hacía volar el cabello. La gente no le tomaba en serio, ya que en aquel país las nubes cubrían el cielo todos los días del año, el viento no existía y el mar era como un lago cuya superficie nunca se movía. Las cosechas crecían sin necesidad de lluvia.

Apeles, por más que insistió el rey, no le convenció. Pero el capitán sabía dónde estaba la isla y cómo podía llegar a ella. Su mujer había leído los mapas de Apeles y creía, con su marido, que aquella tierra mágica existía en medio del océano. El rey, cansado de escuchar sus súplicas, le proporcionó tres barcos a cambio de una gran cantidad de dinero, pero la tripulación la tendría que buscar Apeles, que dedicó varias semanas a ofrecer aventura y buenas soldadas a los marineros, porque todos decían que no querían arriesgar su vida por algo que no existía.

—¡Moriríamos!

Después de un mes frustrante, intentando en vano contratar la tripulación, se lo propuso a los mendigos de la ciudad, a los que ofreció comida, agua y trabajo en el mar. Aceptaron, ya que sus vidas eran tan miserables que no podían ir a peor.

Solo les quedaba comida para un mes, pero el capitán calculaba que en una semana desembarcarían en la isla. La marinería, que empezaba a ponerse nerviosa, sintió de pronto que el barco se movía de un lado al otro con suavidad. El viento empezó a acariciar sus mejillas y a revolotear sus cabellos. Rompieron a reír, admirados por aquella magia que les hizo sentirse vivos. Las nubes se dispersaron para dar paso a un nuevo cielo azul, presidido por un radiante sol. Miraron hacia arriba, pero el astro les cegaba.

—¡Tierra! —avisó el vigía, con el telescopio pegado a la cara.

Durante esa semana, antes de llegar a la isla, el capitán investigó la luna, que iba decreciendo. Estaba maravillado ante esa magia extraña. También investigó el sol, que reemplazaba a la luna. Y las estrellas, el viento, las mareas, las corrientes y las olas del mar. Durante esos días todos hablaban de cómo se imaginaban la isla, repleta de oro y tesoros escondidos.

Cuando la isla estaba a pocas millas de las naves, se prepararon para desembarcar. Echaron el ancla, bajaron y tomaron una gran bocanada de aire de mar antes de admirar la arena de color negro azabache que se describe al principio de esta historia, las palmeras que flanqueaban la playa y el movimiento de las aguas desde la orilla. Era como si algo creciera en el interior del océano y luego chocara contra la arena. Habían demostrado que la fantasía existe.

 

 
 
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