XV Edición  |  Curso 2018-2019
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El fusilamiento
Carlos Soria, 14 años
Colegio El Prado (Madrid)

A las cuatro de la madrugada sonaron los primeros disparos. La guerra acababa de empezar. El canto de los grillos y las cigarras cambió por el sonido de las armas de fuego, lo que provocó que Francisco saliera de la cama.

Sin perder un segundo, cogió lápiz y papel, se armó con un trabuco naranjero, despertó a su sirviente y observó a través de un catalejo el sitio de donde procedía la refriega: la montaña del Príncipe Pío, en donde un batallón de soldados extranjeros apuntaba con sus fusiles a un grupo de hombres. Uno de los reos, moreno y con un blusón blanco, suplicaba clemencia con los brazos en alto, pero los militares franceses, lejos de hacerle caso, lo acribillaron al recibir la orden de abrir fuego. El resto de los presos corrieron la misma suerte. Francisco comprobó cómo se formaba un riachuelo escarlata que fluyó colina abajo: era la sangre de cuarenta y tres madrileños que habían caído por defender su patria.

Unos minutos después, Francisco se acercó a la montaña del Príncipe Pío. Aunque era noche de luna, los nubarrones impedían distinguir con precisión aquel terreno. Cuando al fin se despejó el cielo, observó los cadáveres, unos hacia abajo, otros hacia arriba. El hombre del blusón blanco yacía con la postura de petición de clemencia con la que fue ejecutado. Entonces, con una asombrosa serenidad y mientras su criado lo observaba con espanto, se sentó sobre una piedra para tomar algunos bocetos. Los plasmaría en un gran lienzo, pero tiempo después, cuando llegara la paz.

Desde hace años Francisco de Goya observa, desde un pedestal, a las miles de personas de todo el mundo que se dirigen al Museo para contemplar su obra.

 

 
 
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