XV Edición  |  Curso 2018-2019
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Polvo de estrellas
Coral Fernández–Palacios, 17 años
Colegio Entreolivos (Sevilla)

La hierba acariciaba los pies descalzos de Dani, que levantó la cabeza para contemplar el manto estrellado. Tuvo la sensación de que el tiempo se había detenido, de que todo estaba quieto en el jardín. Corría una brisa suave que le contagiaba la sensación de tranquilidad que acompaña a las noches veraniegas.

De pronto vio cómo las estrellas empezaban a caer hasta formar una lluvia luminosa.

Dani había aprendido en el colegio que las estrellas fugaces son bolas de gas y fuego que siguen una travesía por el espacio para acabar deshaciéndose en polvo, hasta que desaparecen. Sin embargo, él prefería la versión que su abuela le contó de pequeño: que son hadas que vuelan deseosas de que les pidamos deseos, pues están dispuestas a concedérnoslos. Y que siempre que viera una, debía aprovechar la ocasión.

Aquella noche Dani no pidió ningún deseo, sino que pensó que si se pudiera juntar el polvo que se desprende de cada estrella fugaz, se formaría una estela que no se extinguiría, capaz de recorrer el cielo hasta la eternidad para conceder los deseos de todas las personas del mundo.

Sacudió la cabeza. «Soy demasiado mayor para dedicar mi tiempo a estrellas y deseos».

En ese momento le sorprendieron unos rizos rubios que asomaban por encima de la valla. Era un niño que le saludó con sencillez:

—Hola, Dani.

Creyó que era el hijo de algún vecino, pero lo cierto es que su cara no le resultaba conocida. Y le sorprendió su ropa, ya que el niño vestía un disfraz. Mientras analizaba al pequeño, este cruzó la valla y entró en el jardín con total confianza.

—¿Nos sentamos? —le propuso con naturalidad.

Ambos se acomodaron sobre el césped. Como el niño sabía su nombre y actuaba de forma familiar con él, Dani decidió fingir conocerlo.
—¿Qué haces por aquí a estas horas?

—Estaba contemplando las estrellas, como tú —le respondió—. ¿No crees que gracias a la luz de las estrellas cada ser humano puede encontrar la suya?

Se sorprendió:

—¿Acaso hay una estrella para cada persona?

—Claro.

—¿Dónde vives?

—Mi casa es un planeta diminuto. En ella tengo una rosa, tres volcanes y algún baobab pequeñito.

Dani, divertido, observó al pequeño. Estaba sorprendido por la imaginación que demostraba aquel niño, así que decidió seguirle el juego.
—No creo que haya una estrella cada para persona. Pero, de ser así, si cada hombre tuviera una, preferiría que fueran estrellas fugaces, para que cada cual pudiera pedir un deseo. Y si las estrellas fugaces se unieran en una sola que no se extinguiera nunca, sería aún mejor.

El niño se quedó mirando fijamente a Dani. Le dijo que su idea era muy buena.

—¿Por qué no pides para que exista esa estrella? Así todos los hombres recibirán su deseo.

—Está bien, te lo explicaré… Cuando nos hacemos mayores, dejamos creer en este tipo de cuentos. Los deseos son cosas de niños.

—¿Cosas de niños? —frunció el ceño—. He conocido a muchas personas mayores y ninguna me ha caído bien. Se creen que no pueden hacer lo mismo que hacen los niños porque lo que ellos hacen es más importante.

—Que no te caen bien... ¿Es que no sabes que, algún día, tú también serás una persona mayor?

—¡No! —alzó la voz—. Cumplir años no significa convertirse en una persona mayor. Hacerse mayor es olvidarse de que existen los sueños. Debemos pedir por aquello que queremos sin importar nuestra edad, ya que los deseos pueden hacerse realidad. Y ahora, si me disculpas, debo volver a mi casa. Hay una rosa caprichosa que necesita que la atienda.

Y dándose media vuelta, el niño salió del jardín tan misteriosamente como había entrado.

Dani se quedó pensando en aquel curioso pequeño. Al reflexionar sobre sus últimas palabras, sonrió. Al fin y al cabo, no pasaba nada si pedía un deseo como cuando era niño y contemplaba las lluvias de estrellas de verano junto a su abuela. Elevó los ojos al cielo y pidió por una intención a esa estrella formada por todo el polvo del cielo. Entonces vio que una de las estrellas fugaces detenía su caída y se quedaba fija en el espacio. Dani, asombrado, empezó a llamar al niño a gritos. Corrió hasta la calle, pero no estaba por ninguna parte. Con una sensación extraña en el pecho, Dani volvió a entrar en el jardín.

 

 
 
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