XV Edición  |  Curso 2018-2019
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El secreto de María
Ignacio López Martín, 13 años
Colegio Mulhacén (Granada)

Cuando su hija pegó un grito, Jorge se sobresaltó. Subió los peldaños de las escaleras de dos en dos y abrió de un golpe la puerta de la habitación de la joven, que yacía en el suelo. Al verla respirar, Jorge se dio cuenta de que estaba desmayada y que tenía una hoja de papel en una mano y un pañuelo en la otra. El cuarto olía a cloroformo y la ventana estaba abierta. Jorge le arrancó el papel para leerlo.
No tengo nada contra ustedes, ni siquiera les conozco, pero hace tiempo que su hija poseía algo que no le pertenece. Se lo advertí a ustedes una vez, pero no quisieron hacerme caso. Por eso he tenido que usar la fuerza. Disculpen las molestias.

R.T.F

—¡Disculpen las molestias!... —exclamó Jorge enfadado—. Entran por la ventana, le hacen perder el sentido a mi hija, le roban lo que fuera y… ¡disculpen las molestias!

Estaba furioso y asombrado al mismo tiempo. Después de llamar a María varias veces y comprobar que no se despertaba, la tumbó en la cama, mojó una toalla y la puso en la frente de la niña. Después se sentó frente a ella a la espera de que despertara, pensando cuál podría ser la razón de lo ocurrido y a quién podrían corresponder aquellas siglas, R.T.F. Entonces se acordó de lo que había sucedido unos cuantos años atrás…

María no había nacido todavía. Rosa, su mujer, aún estaba embarazada de ella cuando el matrimonio salió a pasear por el campo. Con cierta frecuencia, Jorge había percibido que Rosa estaba inquieta. Cuando se conocieron, ella le advirtió de que a su lado podía correr un grave peligro, pues alguien la estaba buscando para arrebatarle un extraño poder que poseía. Aquel día, ante la confusión de su esposo, le puso los dedos en la frente y Jorge sintió, de inmediato, una pesada carga sobre su cuerpo y una tristeza inmensa que le impidió continuar el paseo. En cuanto Rosa retiró sus dedos, Jorge volvió a sentirse bien. Justo en ese momento de asombro, un hombre surgió de la maleza y agarró a Rosa, pero Jorge y ella consiguieron escapar.

Su mujer murió cuando María tenía cinco años. Los médicos certificaron que había fallecido a causa de una enfermedad desconocida, aunque Jorge siempre pensó que aquel hombre que les atacó en el campo había tenido algo que ver.

—Es posible—se dijo Jorge— que María haya heredado el poder de su madre y que por eso la estén buscando. Creerán que Rosa le dejó el objeto en el que resida el poder… tal vez algo como...¡su collar! ¡Sí! ¡Eso es lo que le han robado! —. Observó a su hija, que seguía sin recuperar la conciencia. Le faltaba la joya alrededor del cuello—. No saben que el poder de Rosa está, desde que murió, en el interior de María.

Cuando la niña se despertó, Jorge le contó todo lo que había pensado. Entonces ella le tocó en la frente, y su padre comprobó que conseguía hacer lo mismo que su madre: transmitir lo que sentía en ese momento.

A la mañana siguiente llamaron a la puerta. Era un hombre robusto que preguntaba por un tal José.

—Lo siento, se equivoca —le respondió Jorge—. Aquí no vive nadie con ese nombre.

Cuando iba a cerrar la puerta, el padre de María recibió un puñetazo que lo dejó mareado. El hombre aprovechó para entrar en la casa.
María, que estaba en el salón, oyó unos pasos. Percibió que eran lentos, cuidadosos, como los de quien anda para no ser escuchado. La niña se asomó para comprobar que, efectivamente, no se trataba de su padre. Entonces el hombre la agarró del cuello.

—¡No te resistas! —le dijo.

Ella activó su poder, de modo que el extraño gritó antes de soltarla y saltar hacia atrás. En ese momento, Jorge llegó también al salón y le devolvió el puñetazo. Después llamó a la policía, que logró detener al sujeto. Descubrieron las letras R.T.F en el forro de su chaquetón y María recuperó el collar.

 

 
 
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