XV Edición  |  Curso 2018-2019
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La bala de Sabina
Isabel Adalid, 15 años
Colegio Entreolivos (Sevilla)

No se podía mover. Aún tenía la pistola en la mano. Se advertía descompuesta por dentro y petrificada por fuera. El perfume del azahar le llegaba entrelazado en el viento frío de la tarde hasta su ventana. La joven Sabina acababa de apretar el gatillo, alcanzando su objetivo. Desconcertados, los transeúntes la miraban desde la plaza, como si de una loca se tratase. La boca de la fuente, que hasta entonces había manado agua con un borbotar alegre, se había roto en cientos de pedazos.

Sabina se dio la vuelta con los ojos húmedos, pero sin derramar una sola lágrima. Apoyó la espalda sobre la pared de la habitación y, poco a poco, se dejó resbalar hasta que quedó sentada en las losas del suelo. Entonces dirigió la mirada hacia su mano temblorosa, con la que sostenía el arma. Apretó la empuñadura y cerró los ojos para recordar el día en el que, con esa misma pistola, estuvo a punto de quitarse la vida. Parecía haber vuelto a aquel día. Se vio de nuevo sentada en el pretil de la fuente, luciendo un precioso traje de gasa. Una pena la estaba destrozando y, de pronto, escuchó en su memoria la voz de Gustavo:

-«Yo me he asomado a las profundas simas
de la tierra y del cielo
y he visto el fin o con los ojos
o con el pensamiento».

—Usted no conoce mi sufrimiento —le respondió Sabina, apartando la pistola de su sien.

—«Mas, ¡ay!, de un corazón llegué al abismo
y me incliné un momento,
y mi alma y mis ojos se turbaron:
¡Tan hondo era y tan negro!» —le susurró Gustavo.

Aquellas rimas de Bécquer consiguieron que, en presencia de aquel desconocido, Sabina rompiera a llorar. Su corazón cansado se abrió, buscando consuelo en de Gustavo.

Esa misma noche Gustavo le pidió a Sabina que le entregara el arma a cambio de diez noches de encuentros nocturnos en aquella misma fuente. Le dijo que en cada encuentro le daría una razón para vivir. Y si tras aquellas noches Sabina seguía con su intención de quitarse la vida, le devolvería la pistola.

Noche tras noche, la pena de Sabina se fue curando. Pero la décima noche Gustavo no apareció. Sin embargo, Sabina encontró un paquete con su nombre, al pie de la fuente. Lo recogió, pero no quiso abrirlo hasta la siguiente noche, en la que tenía la esperanza de ver a Gustavo de nuevo. Fue en vano: el chico no apareció, así que Sabina decidió conocer qué contenía el paquete, en el que encontró la pistola junto a una nota de Gustavo que decía así:

«Mi ausencia no es voluntaria
así como lo es mi amor,
que se separa de tu lado ahora
cuando nace en ti una flor».

Sabina, sabes bien a qué flor me refiero. Una vez fue plantada en mí para que, en estas diez noches, la pusiera en ti.

Dije que te daría diez razones para vivir. Como hombre de palabra que soy, he aquí la décima:

«Si siembras en los demás,
tu flor se multiplicará».

Entiendo que mi partida te haya dejado un vacío. A mí también me duele, pero tienes una deuda que te falta pagar: ahora ha nacido en ti mi flor, asegúrate de que arrancaste la mala hierba que te molestaba. Hazlo por mí. Por el recuerdo de nuestras noches y por ti misma.

No me olvides,

Gustavo

Fue entonces cuando Sabina se armó de valor, se acercó a la ventana y disparó aquella bala con la que simbolizó que la mala hierba había sido arrancada de raíz. Le había llegado el momento de sembrar nuevas flores.

 

 
 
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