XV Edición  |  Curso 2018-2019
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Palabras
Itziar Rus, 17 años
Colegio Entreolivos (Sevilla)

Notaba la arena entre sus dedos, el viento contra su costado y el calor del sol. Cerró los ojos y extendió los brazos como si estuviera en la escena de una película y, por un momento, se permitió desconectar, dejar de pensar. Notó cómo la presión de su pecho desaparecía, cómo la tensión de su espalda se disipaba y cómo todas las horas de cansancio acumulado se iban con el viento. Por un momento volvió a ser él, dejando a un lado su vida. Se supo libre, que podía volar muy lejos. Su respiración se relajó y sus pulsaciones bajaron. Entró en sincronía con la naturaleza. Solo oía las olas del mar rompiendo en la orilla.

De repente ese momento se acabó y volvió a recaer sobre él toda la realidad. Recordó los insultos que había recibido durante aquel día en el colegio. Sus compañeros no entendían su sueño: quería ser escritor. Le llamaban cursi, iluso y estúpido. Pero estaba convencido de que iba a llegar muy lejos. Frente a ellos, prefería definirse como una persona soñadora, con grandes metas y un brillante futuro, aunque tuviera que trabajar mucho para conseguirlo.

Se quitó los zapatos, los dejó sobre la arena y comenzó a caminar por la orilla. Sentía el agua helada mientras pensaba en lo mucho que le gustaría que alguien apreciase sus escritos y creyera en él.

No quería volver a casa.

«Seguro que mis padres se enfadan por escaparme otra vez. No entienden que esta playa tiene algo que me llama, que me inspira», caviló Ignacio. «Ellos tampoco me entienden».

Se puso los cascos, abrió en su móvil una aplicación de música, pulsó el play y comenzó a sonar una canción en español. Volvió a cerrar los ojos y recordó cuando jugaba en aquella playa. Por aquel entonces nadie le molestaba en el colegio…

De pronto, alguien gritó su nombre:

—¡Ignacio!

Detuvo la música, miró a los lados y descubrió que una persona corría hacia él. Era Ana, una compañera de clase.

—Ignacio… Te he buscado por todos lados. Tus padres me dijeron que seguramente estarías aquí.

—¿Por qué me buscabas? —preguntó algo reticente, pues Ana no solía hablar con él.

—Pues… He visto cómo te insultaban hoy en clase y me gustaría decirte que a mí me encantan las cosas que escribes.

Ignacio, sorprendido, se sonrojó.

—Gracias, Ana. Nunca me lo habían dicho.

—¿En serio? Pues a mí me encantan.

Ana se unió a su paseo y comenzaron a hablar sobre escritos, sueños y metas. Quedaron al día siguiente para comer y seguir hablando de libros. Y tras ese día, otro. Y otro más y otro. Poco a poco fueron compartiendo sus secretos, entre risas y numerosas anécdotas.

Un día, mientras caminaba con Ana por la playa, Ignacio se detuvo, observó el mar y citó un pasaje de Palabras en la arena, una novela de José Ramón Ayllón:

…Mientras te escribo, pienso que nuestras vidas –la tuya, la mía, la de todos– están hechas de palabras escritas en la arena. Palabras y frases borradas por el agua y el viento de la distancia en cuanto nos damos media vuelta…

—Me encantan esas frases, Ignacio.

—A mí también, Ana. Lo mejor es que son ciertas y, a la vez, no.

—¿A qué te refieres?

—Es cierto que las palabras no perduran en sí. Tú dices cosas todos los días y al día siguiente las olvidas. Sin embargo, cuando haces algo puedes recordarlo al día siguiente y los posteriores a ese. Sin embargo, las palabras tienen poder. Una simple palabra puede mejorar tu estado de ánimo o empeorarlo. ¡Hasta puede cambiar tu vida!

—¿No estás exagerando?

—Ana, ¿por qué comenzamos a ser amigos? Porque me dirigiste la palabra y solo por eso me convertiste en la persona que soy ahora. He cambiado, me has cambiado. ¿Ves lo que puede hacer un puñado de palabras?

La chica que quedó pensativa.

—Tienes razón —reconoció—. Las palabras están infravaloradas. Pero ahora que lo pienso, las palabras también pueden hacer mucho daño, lo sabes por experiencia. Por eso nuestros padres cuidaron tanto las palabras que nos enseñaron de pequeños, para que fuésemos educados.

—Exacto —sonrió—. Somos conscientes, de una manera inconsciente, del poder de las palabras. Tanto el exceso como su ausencia pueden causarnos problemas. Con ellas puedes crear mundos o destruirlos.

—¡Qué poderosas pueden ser, Ignacio!

Se dieron la mano y prosiguieron su camino por la arena, hasta que desaparecieron en el horizonte.

 

 
 
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