XV Edición  |  Curso 2018-2019
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Flores que esconden secretos
Jimena Calvet, 17 años
Colegio La Vall (Barcelona)

La Calleja de las Flores se conservaba tal y como él la recordaba. El intenso color de las flores colgadas en macetas azules le dio la bienvenida. Sin levantar la mirada, Juan Carlos podía afirmar que en el estrecho espacio de la calle se imponía la vieja Torre Alminar. Aunque había viajado por todo el mundo, aquel lugar lo emocionaba como ningún otro. Quizás era por su aroma, que relacionaba con su amada Córdoba, o bien por las múltiples memorias que conservaba en su corazón.

Pero los sentimientos hacia ese lugar eran agridulces, ya que las flores que se asomaban por los balcones habían sido testigos de la huida de Mariela.

Juan Carlos recordó el primer día que la vio. Era una calurosa mañana de domingo y él se disponía a asistir a misa en la catedral. Cuando atravesaba la Calleja de las Flores para llegar a su destino, sintió un chorretón de agua en la cabeza. ««¡Qué extraño!», pensó. «Si no hay una sola nube». Miró hacia arriba y se topó con una muchacha que estaba regando las flores. A duras penas Juan Carlos entrevió entre los barrotes del balcón unos rasgos delicados.

En aquel momento las campanas anunciaron que la ceremonia estaba a punto de comenzar. Juan Carlos despertó de su estado ensimismado y, confuso, prosiguió su trayecto.

A partir de entonces y durante los siguientes meses, consiguió establecer diálogo con Mariela. Poco a poco se hicieron amigos, aunque en varias ocasiones Juan Carlos había intentado declararle su amor. Pero un temor a ser rechazado le impedía manifestárselo.

Un día, alentado por sus amigos, decidió acudir a la puerta de Mariela para declararse, pero la muchacha no se encontraba en casa. De hecho, se había marchado sin fecha de retorno y sin darle un motivo.

Desde que ocurrió aquel suceso, veinte años atrás, Juan Carlos no ha dejado de preguntarse por la razón de su desaparición. Y cada quince de mayo, aniversario de la huida de Mariela, visita la emblemática calle.

Fue un día quince del quinto mes del año, cuando Juan Carlos ya no era tan joven, que aspiró el perfume de las flores. Sintió ganas de llorar, como cuando Mariela se marchó. No sabía que aquellas tímidas flores mantenían en secreto el motivo de la huida de la muchacha, que partió sin retorno a Níger para perseguir su sueño de convertirse en reportera de guerra. Allí, entre flores extrañas, dormía bajo la tierra.

 
 
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