XV Edición  |  Curso 2018-2019
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Giant steps
Jorge Baixauli, 17 años
Colegio El Vedat (Valencia)

Giant steps fue la pieza que la banda arrancó a tocar cuando Marcos entró en el Tommy’s and Jazz, un local frente a su casa. Conocía bien aquella canción, pues con ella arranca el quinto álbum del saxofonista estadounidense John Coltrane, el músico favorito de su padre.

Solicitó una mesa. Mientras, un solo de saxo llenó la sala.

—¿Viene acompañado, señor? —le preguntó el encargado, que le conocía.

—No, esta noche no —dijo cabizbajo.

Marcos lo siguió por toda la sala, hasta un rincón algo apartado del escenario.

—¿Desea algo el señor?

—Un Martini, gracias.

Tomó asiento. Se notaba extraño al no llevar a Nuria esa noche, con la que todos los viernes acudía a aquel bar y con la que trataba de colocarse lo más cerca posible de la banda. Marcos miró aquella mesa. Pese a que la sala estaba repleta, era la única que permanecía vacía, como si estuviera reservada para ambos.

Comenzaba un solo de piano cuando su Martini llegó a la mesa. El público seguía, atónito, las virtuosas manos del pianista.

—A Nuria le hubiera encantado oír esto —pensó Marcos al dar su primer trago—. ¿Por qué se fue de aquella manera?…

Frente a él, una pareja joven parecía expectante ante el próximo tema de la banda. Al verlos, Marcos rememoró la primera vez que entraron en el Tommy’s and Jazz. Nuria llevaba el vestido azul que a él tanto le gustaba. Se sentaron y pidieron dos gin tonics. También se acordó de la vergüenza que pasaron cuando arrancaron a aplaudir al tomarse los músicos una breve pausa para dar inicio a la siguiente sección del mismo tema. Los miembros de la banda les miraron con desaprobación.

Soltó una breve risa.

—Cómo daría por volver a esa noche…

Casi sin que se diera cuenta, la canción había finalizado. Marcos, imitando al resto de los espectadores, comenzó a aplaudir. En ese momento el camarero le llevó un cóctel Negroni. Lo reconoció al ver el color rojizo que contenía el vaso de cristal.

—Perdone; yo no he pedido esto.

—Lo sé, señor. Aquella mujer del vestido rojo le ha invitado —le informó, señalando a una muchacha que se encontraba en la otra punta del local y que tomaba el mismo cóctel.

Con un gesto, lo invitó a sentarse en su mesa. Pese a lo extraño de la situación, Marcos decidió ir.

Cuando llegó, con el cóctel en la mano, se percató que la joven no tendría más de veintiocho años.

—Perdóneme, pero… ¿nos conocemos?

—No, pero somos las dos únicas personas que no han venido aquí acompañadas.

Marcos comprobó que era cierto.

—Y bien, ¿cómo te llamas? —quiso saber ella.

-Marcos, ¿y usted?

—Sara. Y por favor, deja de lado las formalidades. Estoy harta de que todo el mundo me trate como si fuera una duquesa. Toma asiento.
Marcos le hizo caso.

—¿Qué quieres decir con eso de que te traten como a una duquesa?

—Nada importante. O al menos, no de tu incumbencia.

En ese momento el pianista se puso a tocar una canción que Marcos reconoció al instante.

—Conque recordando clásicos…

—¿De qué estás hablando? —preguntó Sara sorprendida.

—¿Acaso no reconoces un arreglo de Fly Me to the Moon, del ilustrísimo Frank Sinatra?

—¿De quién? —Sara no sabía de qué le hablaba.

Marcos comenzó a explicarle quién era Sinatra. Al principio, Sara no le prestó atención, pero al ver la fascinación con la que hablaba de aquel cantante, trató de atender a lo que decía. Y así transcurrió el resto de la velada, hasta que, pasado un buen rato, Sara levantó la mirada de los ojos de Marcos y rápidamente le interrumpió:

—Marcos, debes irte ahora mismo —le rogó en un susurro.

—¿Qué estás diciendo?

—No tenemos tiempo. ¡Vete ya! —insistió, cogiéndole de la mano.

Marcos se quedó inmóvil. No entendía qué estaba ocurriendo, pero en ese momento notó que alguien se apoyaba en su hombro. Se dio la vuelta para toparse con un hombre de traje que no le miraba de buenas formas.

—Está molestando a la señorita —le dijo con tono amenazante mientras que le apretaba más fuerte el hombro, llegando a hacerle daño.
—¡Déjale, imbécil! —exigió Sara.

En ese mismo instante le soltó el hombro y pidió disculpas a Sara, que miró a Marcos con un gesto de misericordia.

—Lo siento mucho —se disculpó, avergonzada.

—¿Quién eres realmente? —le preguntó Marcos, masajeándose su hombro dolorido.

—No te lo puedo decir… Además, he de irme —se levantó—. Muchas gracias por tu compañía.

El guardaespaldas le acompañó a la salida.

Marcos se quedó en la mesa, reflexionando acerca de lo que había pasado. Entonces vio en su servilleta algo escrito. Era un número de teléfono. Pese a que en un principio decidió no llamarla, enseguida tomó la resolución de que esta vez no le pasaría lo mismo que con Nuria. Inmediatamente tecleó el número.

—¿Sara?

Ella se encontraba en el asiento de atrás de un coche que conducía el hombretón.

—Sara, no te llamo para que me digas quién eres; no me hace falta. Solo te pido que nos volvamos a ver.

—Marcos, no será fácil. Es lo único que te puedo decir. Pero quizá alguna noche me encuentres de nuevo en el Tommy’s and Jazz.

—Allí te esperaré cada noche.

—Hasta la pró… —no pudo acabar la frase porque un camión sorprendió al conductor y embistió al coche.

La línea se cortó y Marcos, sin saber qué había sucedido, pagó su cuenta y salió del bar.

Desde entonces volvió al Tommy’s and Jazz. Siempre le pedía al camarero un cóctel Negroni, acomodado en la mesa donde conoció a Sara, con la ilusión de que ella le encontrara cuando volviese. Sin embargo, nunca volvió a escuchar a la banda tocar Giant steps, ni a encontrarse con aquella chica del vestido rojo.

 
 
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