XV Edición  |  Curso 2018-2019
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Un trozo de estrella
Jorge Buenestado, 16 años
Colegio Mulhacén (Granada)

Doblaba un trozo de papel sobre otro. Alisaba y aplanaba. Plegaba y volvía a hacerlo mientras las lágrimas se deslizaban por sus mejillas. Poco después, al terminar su obra, la observaba. Era una pequeña figura doblemente piramidal, realizada con un trozo de papel apenas más grande que su propia mano. En esta ocasión, era azul.

Abrió el cajón de la mesilla de noche y sacó un tarro de cristal, que guardaba con celo y del que nadie conocía su existencia. Desenroscó la tapadera e introdujo la figura. Se dio cuenta de que el tarro estaba lleno, casi al máximo de su capacidad. Volvió atrás en su memoria y pensó en una conversación, hacía casi un lustro, el día que perdió a su madre.

Apenas tenía doce años. Fue un día trágico. Su padre estaba fuera por viaje de negocios, y aunque emprendió el regreso, no llegó a tiempo para pasar la noche velando el cadáver. Cuando Noelia se fue a la cama, fue incapaz de conciliar el sueño. Y entonces sucedió aquello que no sabía si considerar realidad o ficción…

Se abrió la puerta del balcón y una intensa luz cegó la habitación. Tras unos instantes, descubrió a un niño más o menos de su edad, vestido con ropas sencillas y de rostro afable. La tomó de la mano y se sentaron en la alfombra. Sin decir una palabra, el chico secó las lágrimas de Noelia y sacó un trozo de papel de uno de sus bolsillos y empezó a doblarlo frente a ella, enseñándole cómo hacerlo. Al terminar, le quedó una pequeña figura geométrica con cinco vértices y seis caras. Le dijo que era un trozo de estrella, le entregó un papel y la animó a replicarla. Cuando Noelia lo consiguió, el extraño hizo aparecer un tarro de cristal por detrás de su espalda e introdujo ambos trozos de estrella: blanco el suyo, rojo el de ella.

—Cuando me necesites porque creas que no puedas más, haz un trozo de estrella y, en cuanto lo finalices, mira adelante. Entenderás que la vida no es tan difícil.

Dicho esto, volvió a iluminarse la habitación y desapareció dejando tras de sí el tarro y un fajo de papeles. Sin embargo, no le dijo que una vez el tarro estuviese lleno, volvería.

Noelia, tras recordar aquel extraño suceso ocurrido hacía tiempo, pensó en cuánto le ayudaba aquel ejercicio de papiroflexia. Entonces decidió hacer una última estrella. Fue blanca, como la primera, y, sin saberlo, era la última de todas, pues no volvió a necesitarlas.

Terminada este último trozo de estrella, Noelia la introdujo en el tarro. De repente, la habitación se iluminó y el chico apareció en el balcón. Al igual que ella, también había crecido, pero llevaba las mismas ropas que la primera vez. Le preguntó qué deseaba. Ella le respondió que quería tener un amigo.

 
 
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