XV Edición  |  Curso 2018-2019
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Las hogueras de San Antón
José Antonio Sánchez Navarro, 16 años
Colegio Mulhacén (Granada)

Cuando Juan y su mujer, junto a sus amigos, fueron a pasar el fin de semana a la Alpujarra, no podían imaginarse lo que les iba a suceder.

Se alojaron en Capileira, una localidad situada en la región noroccidental. Era finales del mes de enero y Juan y Ana, junto a Pedro y Laura, se disponían a disfrutar de la noche de San Antón, una fiesta tradicional de la comarca en la que se prenden hogueras preparadas por los vecinos.

Cuando llegaron a Capileira, una mañana de frío y sol, les llamó la atención el blanco intenso de las casas del pueblo, las calles, que eran estrechas y empinadas, decoradas en los balcones con macetas y productos de artesanía, con una pátina bereber.

La casa que alquilaron era confortable y acogedora. Tenía un amplio salón con chimenea y dos habitaciones decoradas con muebles rústicos y utensilios antiguos para trabajar en el campo.

Una vez instalados, Pedro y Laura decidieron curiosear por el pueblo. Juan y Ana, a su vez, prefirieron aprovechar el buen tiempo para darse un paseo por el campo. Entre charlas, risas y bromas se fueron adentrando por la sierra, sin prestar demasiada atención al camino recorrido. Disfrutaron con las vistas de Sierra Nevada y decidieron buscar otra perspectiva del mismo paisaje. Llevaban más de cuatro horas desde que salieron del pueblo cuando decidieron volver para descansar antes de la fiesta.

Hacia las cinco de la tarde Pedro y Laura empezaron a preocuparse por sus amigos, que no habían vuelto. Las llamadas a sus móviles no habían dado resultado a causa de la poca cobertura de señal telefónica en la zona.

Mientras tanto, Juan y Ana estaban desorientados. Eran conscientes de que se habían perdido y de que sus amigos estarían preocupados por ellos. Intentaron encontrar el camino que les había llevado hasta allí, pero, sin saberlo, se estaban alejando cada vez más de Capileira.

Había caído la noche. Las hogueras comenzaron a arder por las calles, acompañadas por la música y el baile de vecinos y forasteros. Al mismo tiempo, Juan y Ana seguían caminando. Hacía mucho frío y no iban con prendas suficientes de abrigo. Cuando parecían haber perdido la esperanza de encontrar el pueblo, sucedió algo inesperado: Juan vio el resplandor de las hogueras. Avanzaron animosos a pesar de las zarzas, ramas secas, rocas y piedras resbaladizas, iluminándose con la linterna del móvil.

La fatalidad se adivinaba en el rostro de Pedro y Laura, que vagaban por la plaza del ayuntamiento. Allí estaba la hoguera más grande. Habían instalado un escenario para una orquesta enfrente del cuartel de la Guardia Civil, al que se dirigieron para pedir ayuda.

De pronto, Laura dio un grito que asustó a su amigo Pedro.

—¿Qué te pasa? —le preguntó.

Al mirarla vio la respuesta en su rostro. Entendió que el grito había sido de alegría, pues por una de las empinadas cuestas del pueblo venían sus amigos, abrazados y a paso lento.

La noche terminó, gracias a San Antón y sus hogueras, como los cuatro amigos habían soñado. Brindaron junto al fuego y bailaron hasta el amanecer.

 

 
 
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