XV Edición  |  Curso 2018-2019
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Encarna
Manuel Valero, 15 años
Colegio El Vedat (Valencia)

Era un día apacible en Aielo de Malferit. La brisa acunaba las hojas y acariciaba el rostro de los habitantes del pequeño municipio de Valencia.

Encarna García, una amable anciana, se disponía a sacar un poco de dinero de su cuenta corriente para comprar unos regalos para sus nietos. Pero, de pronto, la paz que reinaba en la calle se rompió: un frenazo, unas voces alteradas, unos pasos rápidos, un empujón que abrió la puerta del banco, unos hombres cubiertos por unos pasamontañas y un fuerte grito:

—¡Todos al suelo ! ¡Esto es un atraco!

Mientras el pánico se esculpía en los gestos de empleados y clientes, una voz débil se escuchó en uno de los extremos de la sala:

—¡Qué original!... —pronunció Encarna con recriminación—. ¿Os creéis que podéis aparecer con semejantes pintas para tratar de asustarnos con unas frases que habréis aprendido en alguna película de esas que hacen ahora? Con esos pasamontañas del mercadillo no dais miedo. Por no añadir vuestras voces, llenas de gallos, que no muestran sino que sois jóvenes, lo que os quita, si cabe, más fiereza. Porque en mis tiempos los atracadores eran hombres fornidos. Aquello sí que era intimidación.

Los atracadores se quedaron atónitos ante el monólogo de la señora. Uno de ellos la amenazó con una pistola:

—Cuida esa boquita, vieja.

—Respeto, hijo mío, un poco de respeto —le soltó Encarna sin titubeos.

—Perdóneme —respondió el hombre, que se asemejaba a un gorila, dando un paso atrás.

El que parecía cabecilla de dicha operación miró con sorpresa a su compañero y, tras observar con ira a la señora, le exigió que se echase al suelo.

—Estas caderas no me lo permiten, joven —le informó Encarna—. Si no, de buen grado lo haría, ya que se me están comenzando a cansar las piernas. Si no tuviese ochenta y nueve años... En mis tiempos mozos era la tipa más atlética del pueblo. Todos los hombres me echaban piropos cuando bailaba en las fiestas.

—Quiere callarse de una vez, señora —dijo malhumorado el jefe.

Pero Encarna prosiguió.

—Así fue que terminé por casarme con el agricultor con más campos de la zona. Anda si tenía campos mi Juan... Trágico fue que se le cayera en la cabeza la rama de uno de sus almendros. A los setenta años lo enterré, casi cuando íbamos a hacer las bodas de oro. Por si os asombran los datos, me casé a los veinte con un hombre de veinticinco. Algo muy corriente por aquella época. Y más si eras una joven virtuosa como yo. No como los jóvenes de hoy en día. Si no tienen la vida solucionada para toda la eternidad ni se comprometen. ¿Y aún se dice que el matrimonio es una aventura? ¿Qué aventura hay en eso? Para mí en una aventura la condición sine qua non es el riesgo. Sin riesgo no hay aventura. Cuando me casé solo disponía de juventud e ilusión. Y os aseguro que, sin pretender amasar fortuna, era feliz casada con un hombre que, lo reconozco, no tenía la elegancia de Al Capone. Pero a su manera, mi Juan era elegante.

—Cierre el pico, abuela —le espetó de nuevo el ladrón.

Pero ella hacía oídos sordos.

—Destacaba en él su fuerte carisma. Hacía amigos allá por donde fuese y era capaz de vender hasta las más amargas naranjas. Nunca estafando, eh… Sabía cómo conseguir unas perras, como se dice por aquí.

El jefe, cansado de aquella verborrea, inyectó sus ojos en sangre antes de clamar:

—¡Túmbese, abuela, o le vuelo la cabeza!

—Haz el favor de no gritar tan alto, que me pita el audífono —le dijó Encarna, sosegada—. Llevo arrastrando esta sordera desde los setenta y cinco. Pero cómo me han arreglado la vida estos aparatitos. Y para el juego que dan, no son muy caros, a decir verdad.

El asaltador comenzó a bramar improperios. Sin embargo, Encarna ya no le escuchaba porque, segundos antes, se había retirado sendos audífonos para calibrarlos.

El ambiente se caldeaba a cada instante. Los saqueadores se dispusieron a acceder a la cámara cuando Encarna lanzó al aire un ahogado grito de sorpresa, golpeándose la frente con uno de sus huesudos dedos.

—¡Ahora me acuerdo!… Yo tenía que pasar a comprar medicinas. Pero con esto del robo, Pepe ya habrá cerrado la farmacia. Joven —se acercó al cabecilla—, ¿no tendrá algo de medicación en esa bolsa?

—¡Dichosa abuela! ¡No!... No tengo medicación en esta bolsa. ¿Por qué habría de tener yo medicación?

Acabado el griterío se oyeron sirenas, unos frenazos y un golpe seco que abrió la puerta del banco. Ante la policía, se le dibujó una plácida sonrisa a una señora que casualmente pasaba por allí.

 

 

 
 
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