XV Edición  |  Curso 2018-2019
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¿Puedo sentarme?
María Gámez, 16 años
Colegio Ayalde (Vizcaya)

Clara miró al reloj. Le faltaba una hora para llegar a su parada. La mirada se le perdía en el horizonte mientras el autobús avanzaba al ritmo del ruido del motor. Cuando se detuvo, tras el sonido de la puerta al abrirse y cerrarse y el de los pasos de nuevos pasajeros, una voz la sobresaltó.

—¿Puedo sentarme?

Un chico de su edad se encontraba en el pasillo delante de ella, señalando el asiento próximo al suyo. Como acto reflejo, Clara asintió con la cabeza y el desconocido se acomodó a su lado. Después de unos minutos entablaron una conversación. Clara no tardó en descubrir que tenía cosas en común con su nuevo amigo: a los dos les entusiasmaban las novelas policiacas y disfrutaban con ciertas canciones pasadas de moda.

Como no quiso que se estropeara la conexión que había surgido entre ambos, decidió proponerle un trato: no se intercambiarían el número de teléfono, de manera que guardarían aquel mágico momento, intacto, en su memoria. A Clara nunca le había gustado forzar una relación, que era a lo que la gente se había acostumbrado por culpa de las redes sociales. Prefería dejar lo que tuviera que pasar en manos del destino.

El chico, no muy convencido, aceptó. Al llegar a su parada, recorrió el pasillo sin mirar atrás y se bajó tal como había subido, un completo desconocido.

A Clara le sorprendió encontrar una nota en el asiento que hacía unos instantes ocupaba el muchacho. Leyó: «Sé que te gusta pensar que es tarea del destino juntar a las personas, pero yo prefiero forjarme mi propio destino. En el caso de que te haya convencido, este es mi número…». Nueve dígitos aguardaban a ser tecleados en el móvil de la chica.

La situación era tentadora. Pensó que, posiblemente, no volvería a encontrar a nadie con quien pudiera sentirse tan a gusto. Si llamaba, tal vez podrían salir juntos y ponerse en camino a la felicidad… o podrían estropearlo si resumían la conexión a unas cuantas conversaciones por teléfono y alguna quedada incómodas.

Tras muchas dudas, tiró la nota. Prefirió guardar el recuerdo de ese viaje intacto y aguardar a que el destino volviera a hacer otra de las suyas, cruzando sus caminos. Con esa esperanza se bajó tres paradas más tarde, volviendo a su rutina.

 
 
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