XV Edición  |  Curso 2018-2019
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Todavía no es primavera
María Guitián, 18 años
Colegio Grazalema (El Puerto de Santamaría)

Tras un largo suspiro, Cata abrió los ojos. Apagó el despertador mientras recordaba el paisaje con el que estaba soñando, cuajado de flores que, al rozarlas al caminar, desprendían el más rico de los perfumes. Pero ella mejor que nadie sabía que esa fantasía estaba lejos de ser cierta.

Llevaba cuatro años residiendo en Brooklyn, desde que abandonó el nido en España para empezar a estudiar en una escuela de diseño de moda. Observó su pequeño apartamento, que por un instante convirtió en el jardín de su sueño. Mientras recogía la ropa esparcida por el sueño, reparó en la camisa que se había puesto el día anterior. Era su favorita, pues se la regaló su difunta hermana. El estampado le sugería una llamada que la empujaba a culminar cada uno de sus retos. Cata se dio cuenta, una vez más, de su personalidad artística, que encontraba estímulos en cosas como el dibujo de la taza del té que esperaba sobre su mesa de estudio para que la llevase al fregadero.

Había leído en una revista algo elemental: que la sonrisa eleva los niveles de felicidad y hace la vida más agradable a los demás. Le pareció dificil que una curvatura en los labios pudiera ser causante de tantas cosas buenas, pero fue suficiente para que Cata comprendiera que el éxito en la vida, en el fondo, depende de la actitud. Sonrió, y aunque entre aquellas cuatro paredes nadie podía ver su sonrisa, el pequeño gesto la llenó de ganas de vivir.

No había tenido contacto con su familia desde el 29 de agosto, cuando se subió al avión para cruzar el Atlántico. Se avergonzaba de sí misma, por no atreverse a decir a sus padres que todo el esfuerzo que habían hecho en pagarle sus estudios no había dado frutos; ellos desconocían que Cata había abandonado la escuela de diseño. No quería avivar en ellos el fuego que supuso la muerte de su adorada Bea. Creía que al vivir tan alejada de ellos, el olvido iba a ser más fácil, aunque al final no resultó cierto. Pero entre sonrisa y sonrisa, asomaba la nostalgia por los suyos.

Recordó el sueño: las maravillosas flores, su decisión de ver la vida desde el lado positivo. Barruntó que ese día las cosas iban a ser distintas.

De pronto, sonó el teléfono.

—¿Mamá?... —se le formó un nudo en la garganta.

Aunque todavía no era primavera, la voz de su madre, a miles de kilómetros, le proporcionó el calor suficiente para sobrevivir a todas las heladas que estaban por venir.

—Tengo que contaros una cosa.

Cuando colgó, con las mejillas brillantes por las lágrimas, Cata volvió a sonreír.

 

 
 
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