XIV Edición  |  Curso 2017-2018
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El ciego que dormía
Maria Saldaña, 16 años
Colegio La Vall (Barcelona)

Un zumbido acalló el silencio. El chico, confundido, se llevó las manos a las orejas, intentando ahogar aquel molesto ruido al que no recordaba haber dejado entrar, mas no cesaba. Aunque presionara muy fuerte los oídos, solo conseguía hacerse daño. Destapó sus orejas y escuchó cómo, poco a poco, el zumbido se convirtió en una música. Era una melodía suave, que susurraba, que venía y se iba, que se deshacía, moría y volvía a nacer. Al joven le pareció haber escuchado esa nana antes. Sí… la conocía. Era el mar.
Ya desde muy niño lo había escuchado cantar, cuando su hermano mayor lo llevaba en barco hacia el horizonte y dormían boca arriba, mientras los mecía el baile del mar. Angustiado, descubrió que en ese recuerdo había un vacío: ¡se había olvidado de cómo era el océano! Quería verlo, pero no podía.

En ese mismo instante algo atrapó sus pies. Los dedos se le volvieron pesados y le pareció que se hundía. Una mano invisible le acariciaba. Por sus piernas trepaba un cosquilleo que, con rapidez, llegó hasta la punta de su nariz. Había sentido aquello antes. ¡Claro! Era el agua fría del mar. ¡Cómo le gustaba echar carreras con sus amigos por la orilla del mar, chocando pies y agua, frío y calor!

De nuevo el negro del olvido llenó su mente. Deseaba tanto levantar la mirada y ver el agua… pero le resultaba imposible.

Respiró hondo, intentando controlar la frustración que lo apresaba. Un aire nuevo, puro, un aroma fresco que había echado de menos, le invadió. Estaba cargado de sal. Sí, conocía bien el aliento del verano. Y sin embargo… aquel velo negro que le cubría los ojos parecía mantenerlos dormidos. En el pecho del chico se encendió un fuego que corrió hasta su garganta y le hizo temblar los hombros, para acabar convirtiéndose en un sollozo. Las lágrimas le supieron a agua salada.

—Jovencito, ¿por qué lloras? —escuchó.

—Porque no veo.

—¿Y qué esperabas? Primero tendrás que abrir los ojos.

 
 
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