XV Edición  |  Curso 2018-2019
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Adicta al juego
Marina Lara, 16 años
Centro Zalima (Córdoba)

De un brinco salté de la cama provocando que mi cuerpo acabara en el suelo. Hacía frío y a la vez sudaba. Con suerte, todo había sido una pesadilla: la misma que inundaba mi mente cada noche. Jamás me gustó admitirlo, pero aquello que ocultaba tras un mal sueño era un recuerdo.

Hace varios años, conocí a la que se convirtió en mi mejor amiga. Fue mi mayor confidente. Junto a ella sabía que yo nunca acabaría sola. Siempre salíamos juntas y, a pesar de tener la oportunidad de quedar con más gente, ¿para qué, si solas estábamos bien? No necesitábamos establecer otras relaciones.

Eso pensaba yo, ¡qué ingenua! A ambas nos faltaba mucho por madurar, aunque íbamos creciendo. La gente nos seguía invitando a toda clase de planes diferentes y mi instinto me decía que sería una buena idea probarlos algún día. En ese momento me di cuenta de que podía prescindir de ella, que en mi vida había hueco para más personas, lo que no le sentó bien. Quizás pensó que había empezado a dejarla de lado. Pero es que nuestra amistad no era sana.

Intenté hacerle ver que seguiríamos siendo amigas, aunque ya no me apeteciese seguir haciendo los mismos planes, y que ella podía venir conmigo y los demás y probar cosas nuevas, pero no le pareció buena idea. Sus celos aumentaron. Empecé a sentirme incómoda, como si hubiera un chicle pegado a mi vida del que no podía desprenderme.

No sabía cómo controlar la situación. Ella empezaba a comportarse, en ocasiones, de manera violenta. A veces yo me comparaba con una máquina tragaperras: yo era el juego, del que todo el mundo intenta recibir una recompensa; ella era la jugadora que, cuando consigue su premio, insaciable desea más y más, creando una adicción que le resulta imposible dejar atrás, hasta que un día la máquina se rompe.

Al final pude respirar cuando conseguí cortar nuestra relación. Entonces me di cuenta del daño psicológico que me había hecho. Me mudé de ciudad y dejé aquella vida atrás, aunque hay secuelas que permanecen en mí.

 

 
 
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