XV Edición  |  Curso 2018-2019
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Eclipsado por una mujer
Nuria Torrubiano, 16 años
Colegio La Vall (Barcelona)

Su jefe lo miró con unos ojos que delataban una acusación grave.

—Creo que vamos a jubilarlo —dijo.

—No, por favor —acababa de cársele el alma a los pies—. Llevo prácticamente dos siglos aquí, dándolo todo por el museo… Y estoy capacitado para continuar —argumentó, aunque sabía que el señor Falais haría oídos sordos.

Era consciente de la desventaja en la que se encontraba, pues su despido tenía que ver con la mirada resplandeciente de su compañera de trabajo, que atraía a los visitantes llegados de todas partes. A pesar de que tenían la misma edad, la vieja se conservaba como el primer día y los turistas no se fijaban en él, pobre y cascado por los años. Fue por eso que el director de El Louvre, tras observarlo mientras ejercía su trabajo ante un reducido y desinteresado público, decidió pedirle que lo retirasen a una vida sin fatigas.

Pero el anciano amaba su oficio. Día tras día era capaz de recorrer la historia de los artistas, haciendo más amena la visita del público, pues trataba de representar el esplendor con el que se conservaban aquellos lienzos. Le emocionaba leer en las facciones de la gente la curiosidad por querer saber más .

Pero todo cambió cuando empezó a aumentar la fama de su anciana compañera. Entonces vio peligrar su trabajo. Por eso entendió que, salvo que demostrara su valía en comparación con la de ella, acabaría fuera del museo.

Así se lo hizo saber al director.

—Mmm... Le conCedo dos semanas justas, pero esta vez junto a su compañera. Si me convence, disfrutará de un año más de servicio —accedió el jefe.

Al día siguiente se se lavó minuciosamente, se vistió de punta en blanco, sonrió a todos los empleados y hasta fue amable con la vieja. Todo pareció mejorar. Además, se dio cuenta de que le gustaba estar en compañía de aquella mujer, que tenía una misteriosa sonrisa que le atraía. Cuando el director del museo paseaba por aquella sala, se deleitaba al verlos juntos. Entonces un rayo de esperanza cruzó la mente del viejo.

Hasta que ocurrió un extraño suceso.

Era de noche y dormían en la oscura profundidad de la sala. De repente, dos figuras encapuchadas los cogieron por sorpresa y, al querer separarlos (pues paseaban cogidos de la mano), el viejo rasgó la manga de su amiga. A ella no le dio tiempo a forcejear; no pudo hacer nada. En unos minutos los dos hombres habían desaparecido y todo volvió a la normalidad, a excepción del vacío enorme que llenaba el corazón del pobre viejo. Sentía en su brazo inerte la ausencia de una mano cálida que tan bien había encajado con la suya.

A la mañana siguiente una alarma recorrió el museo. La anciana había desaparecido. El director estaba histérico. Recorría todos los rincones, mandaba telegramas, descansaba, volvía al trabajo, gritaba, refunfuñaba y daba paso, de nuevo, a sus carreras. No fue hasta que volvió a la sala donde se encontraba el viejo que se detuvo unos instantes a pensar. Lo miró atentamente con el entrecejo fruncido. Dio una vuelta sobre sus talones, y lo volvió a mirar. Llegó a la conclusión de que él había sido la última persona en hablar con la anciana. Sopesó otra vez la idea de jubilarlo. Entonces levantó la mano para llamar a dos técnicos y le señaló.

Lo cogieron por los hombros y lo arrastraron afuera, murmurando. Fueron pocas, pero suficientes, las palabras que el viejo alcanzó a comprender:

—No entiendo por qué el jefe ha querido mantener tanto tiempo este marco en la Gioconda. Estarás de acuerdo conmigo en que su robo ha sido la excusa perfecta para quitarlo de en medio.

Pronunciadas estas palabras, lo abandonaron en el almacén, desde donde el viejo marco volvería a escuchar la voz distante de su amada, conquistada por otro compañero.

 
 
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