XV Edición  |  Curso 2018-2019
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Un regalo
Nuria Torrubiano, 15 años
Colegio La Vall (Barcelona)

Los copos iban dejando un manto blanco sobre el jardín. Teresa, asomada a la ventana, deseaba disfrutar de aquella escena, pero el ir y venir de sus familiares se lo impedía. Cuando alguien abrió la puerta, sus manos artríticas soltaron el vuelo de las cortinas.

—Buenos días… Veo que hoy te has levantado pronto —dijo una voz a sus espaldas.

Teresa apenas asintió con la cabeza, pues hacía tiempo que había aprendido que el silencio muchas veces es mejor que abrir la boca. Si lo hacía, miles de preguntas saldrían de ella: dónde estaba, quién era esa mujer de azul que dejaba un té sobre la mesa, quién era ella misma… Preguntas todas desconcertantes que provocarían respuestas que le llevarían a hacer más preguntas. Sólo recordaba la importancia de aquel día: 21 de septiembre, su septuagésimo… o quizás octogésimo cumpleaños.

—Si quieres, podemos dar un paseo por el jardín. La nieve aún no ha cerrado el camino y sé lo mucho que te gusta sentirla bajo los pies —la conversación empezaba a ser un monólogo por parte de la mujer de azul, a la que no parecía importarle.

Teresa se sorprendió al escuchar cómo aquella desconocida sabía de sus gustos. «¿Quién se los habrá contado? Además, ¿por qué no me felicita?». En un instante desechó la idea de hacérselo saber: pensó que no valía la pena.

Cabizbaja y encorvada levantó los brazos mientras la mujer le ponía el abrigo y le ayudaba a calzarse las botas. A pesar de que resultaba como un mundo al revés, parecía una niña pequeña ayudada por su madre. Cuando estuvieron listas bajaron las escaleras, salieron al jardín cogidas del brazo y empezaron a recorrer el largo trecho que dividía el parque en dos. Hacía frío, pero a Teresa no le importaba, como si en un pasado brumoso hubiese crecido rodeada de temperaturas similares.

—¡Qué bonito está hoy el bosque, Teresa! Ya sabes… «Año de nieves, año de bienes».

No fue hasta entonces que la abuela tuvo que pararse para coger aliento. ¿A quién le recordaba su compañera de paseo?... Había algo en sus rasgos que…
—¡Anda! ¡Mira ese árbol!... Tiene algo grabado en su tronco. ¿No tienes curiosidad por saber de qué se trata?

Un pequeño corte en la corteza era la única irregularidad del tronco. Parecía formar un dibujo. Teresa se acercó arrastrando pesarosamente los pies y lo observó con detenimiento. Lo rozó con los dedos y se le vino a la mente la imagen de una criatura de pelo rubio, recogido en dos trenzas, que rasgaba aquel mismo árbol. La niña miraba hacia atrás, temerosa de que la vieran dañar el árbol. De repente, su madre apareció por el camino y la regañó...
—¿Inés? —murmuró mirando a la mujer de azul. Sus cabellos ese día también se recogían en dos trenzas—. ¿Inés?

La chica la miró radiante y le ofreció una sonrisa mientras la sombra que dos minutos atrás carcomía por dentro a Teresa desaparecía.
—Feliz cumpleaños, mamá.

Teresa entendió que no podría haberle regalado nada mejor que ese recuerdo. Fueron apenas unos instantes en los que la anciana fue capaz de reconocer a su hija.

 

 
 
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