XV Edición  |  Curso 2018-2019
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No pares el reloj
Paula González Vigara, 17 años
Colegio Senara (Madrid)

Carlos mecía sus cortas piernas en el aire, siguiendo el ritmo del reloj. Estaba sentado sobre una silla muy vieja y tan alta que no alcanzaba a rozar el suelo con la punta de los pies.

Nervioso, consultó el viejo reloj del hall de su casa. Sería una pieza de coleccionista, tal como se vanagloriaba su tía, pero hacía un ruido molesto. Además, a él le parecía un feo armatoste. Pero se alegraba de tener algo con lo que distraerse en ese momento. Así no tendría que atender a las conversaciones de los mayores, que le llegaban de la habitación de al lado, donde su madre se estaba muriendo.

El reloj era alto —le sacaba dos cabezas a Carlos—, de color oscuro, con números romanos y agujas de oro. En su tripa de madera bailaba, alegre, un péndulo también dorado. Lo miró con inquina: ¡cuántas veces le había estropeado ese reloj sus juegos en el parque! En cuanto la manilla pequeña marcaba las dos de la tarde, el reloj emitía un canturreo de campanas y su tía salía de casa gritando: «¡A comer!», interrumpiendo la aventura que estaba viviendo con sus amigos.

Era una costumbre en su familia detener la marcha del reloj cuando alguien moría. En su última visita, el médico le había dicho a su tía que la madre de Carlos apenas iba a durar una semana. La tía no tardó en escribir a todos los familiares repartidos por España para que vinieran a despedirse de su hermana. Carlos tuvo la sospecha de que aquellas iban a ser las últimas visitas a su madre.

Cuando sus parientes se marcharon, el niño entró en la habitación, cabizbajo. El reloj cantó las nueve de la noche. Su madre le había dicho muchas veces que no tenía que preocuparse, porque ella no iba a morir sin más, sino que iba a reunirse con Dios en el Cielo. Pero Carlos lloraba de todas formas. No podía evitarlo. Aunque quiso secarse las lágrimas antes de que su madre las viera, no le dio tiempo. Ella extendió la mano y se las secó con el pulgar. Dejó que el niño sollozara en silencio. Esa misma noche murió.

Carlos estaba acurrucado en su cama cuando escuchó los hipidos de su tía. Saltó de la cama y bajó por las escaleras que daban al hall. Descubrió que el reloj seguía marcando el ritmo irritante del tiempo. Cuántas miradas asesinas le había echado a aquella estúpida máquina... Cuántas veces había deseado que se callara... y, sin embargo, ahora se alegraba de que hiciera aquel ruido.

De pronto su tía se acercó para marcar la hora de la muerte de su madre. Carlos, movido por un resorte, bajó las escaleras de dos en dos.

—¡No! —suplicó, sujetando la mano de su tía—. Por favor, no lo pares. Ella no nos ha abandonado, ¿recuerdas? Solo se ha ido con Dios.

 

 
 
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