XV Edición  |  Curso 2018-2019
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Jaipur a pinceladas
Rosario Martínez Muñoz, 14 años
Colegio Vilavella (Valencia)

Marcos vivía en Montmartre, el barrio de los pintores, en París. Llevaba más de tres años en la capital de Francia, sin mantener contacto con su familia. Desde que se marchó de Madrid no había vuelto a escribirles. Ni siquiera una llamada en el cumpleaños de sus padres, de su hermana o por Navidad. Se había convencido de que ellos no le comprendían, por lo que había decidido desligarse de ellos después de que su padre se hubiera opuesto a que ingresara en la facultad de Bellas Artes cuando tenía a su disposición, con las puertas abiertas, un puesto directivo en la empresa que él había fundado.

A pesar de su rebeldía, las cosas no le habían ido del todo bien. Dos galerías habían firmado un contrato con él al principio de su aventura. Sin embargo, al terminar el año los anularon, acogiéndose a una cláusula de rescisión. Por si fuera poco, había muerto Nicole, su representante, con la que había vivido una historia de amor. Todo ello hizo que su estancia en París se hubiese convertido en una tragedia. Por eso tomó la decisión —tras unos meses de discernir qué le convenía— de volver a casa.

Sus padres le recibieron con los brazos abiertos. Poco después se incorporó en la empresa familiar en un puesto directivo, aunque a escondidas continuaba pintando. El recuerdo de Nicole le nublaba muchas veces la mente, causándole cegueras temporales y pesadillas constantes. Se sentía culpable.

Marcos intentó destruir todo lo que le vinculaba con ella, pero un día encontró un retrato a lápiz que le había dibujado en un viaje que hicieron a la India. Para ella fue una sorpresa que le hizo sentirse muy feliz, pero él no rememoraba ese viaje con alegría. No había disfrutado en ningún momento en aquel inmenso país; mucho menos al ver a Nicole rodeada de niños cuando visitaron un orfanato en una de las barriadas más pobres de Jaipur…

«Estaba feliz», restallaba aquella frase en la cabeza de Marcos. Feliz con los niños, feliz en Jaipur, feliz junto a él. «Soy tonto por no haberlo valorado en su momento», se recriminó.

Aquel martillero de recuerdos animó a Marcos a volver a India, dejando de nuevo a su familia sin darles explicaciones. Mientras su avión aterrizaba en Nueva Delhi, el pintor se reafirmaba en su propósito de recuperar los gestos de amor que se habían quedado en Jaipur esperándole.

Cuando llegó al orfanato percibió que las sonrisas de Nicole, que creía eran de su propiedad, resucitaban en aquellos pequeños, que acudieron para darle la bienvenida.
Presintió que Nicole estaba allí, y que le pedía que se quedara. Que empezara una nueva vida, pintando en la ciudad india y pintando para esos niños.

Se sintió completado. Esta vez su vida iba a cobrar sentido.

 

 

 
 
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