XVIII Edición

Curso 2021 - 2022

Alejandro Quintana

Compatriotas 

Fernando Hidalgo, 16 años

Colegio Mulhacén (Granada)

El sol apenas había caído por detrás de las montañas cuando el cabo Miguel Pérez arribó a la otra orilla del río, un prado cercano a Titulcia, donde se libraba desde dos días atrás una dura batalla entre el bando republicano y el nacional. Pérez formaba parte del Ejército Popular Republicano, aunque el comienzo de la guerra le sorprendió en Valladolid, ciudad fiel al levantamiento. Pero él no sentía aprecio por ninguno de los bandos. Su única esperanza en la lucha era que pronto acabara la sangre, pues el conflicto se alargaba desde hacía seis meses.

El jefe de la 70ª Brigada Mixta, Eusebio Sanz, había enviado al cabo Pérez a inspeccionar Titulcia, pues pretendían tomar aquella plaza para establecer una base de comunicaciones.

Cuando el cabo se acercaba a las primeras casas, sonó un disparo y se echó cuerpo a tierra. Tras unos segundos de silencio, una ametralladora escupió un par de ráfagas. Después escuchó el suave fluir de las aguas del Jarama.

Se incorporó con precaución. Un hilo de humo ocasionado por los disparos salía del campanario de la iglesia. Pérez decidió acercarse para inspeccionar la zona en busca de supervivientes.

Con cautela dejó la orilla del río y bajó un terraplén. Los últimos instantes de luz del día ya se agotaban. Miguel echó a correr hacia una vivienda, atravesó algunas callejuelas y llegó al ayuntamiento. En una de las esquinas de la plaza mayor descubrió un reguero de sangre que terminaba en dos cadáveres. Con el Mauser 98 en las manos, el cabo se acercó a los cuerpos.

Uno de ellos estaba boca arriba. Miguel contempló su distinción militar bordada en la chaqueta. Al igual que él, portaba la insignia de cabo republicano: eran camaradas. Se agachó para recoger las insignias de los caídos cuando oyó unos gemidos de dolor, provenientes del interior de un portal. Arma en mano se aproximó a la vivienda. Pegó la cabeza a la fachada, acribillada por las balas, y derribó la puerta de una patada. Un soldado maltrecho yacía en el suelo. El interior del portal estaba plagado de metralla, astillas y polvo.

–¡Santo y seña, soldado! –le reclamó. 

El herido comenzó a toser. Miguel, entonces, sin bajar la guardia, lo volteó y se encontró con que era un nacional. Tenía la cara ensangrentada y sucia.

–Apiádate de mí, rojo –le suplicó el herido–. Estoy desangrándome. 

De su pierna manaba un chorro oscuro. 

–¿Por qué debería yo ayudar al enemigo? –le preguntó el cabo Pérez.

–Los dos amamos nuestra patria –se justificó el fascista, con mucha dificultad para expresarse.

Miguel se quedó pensativo durante unos segundos. En sus manos estaba la vida de aquel pobre hombre. Se sintió poderoso, en cierto modo, y responsable de aquella vida. Pero las normas le prohibían salvar al enemigo en escenario de guerra. Se incorporó. Cuando se disponía a salir a la calle, le llamó el soldado:

–Al menos, hazme un favor –respiraba con dificultad–. ¿Podrías enviar esta carta a mi familia? 

A Miguel le impactó saber que aquel enemigo tenía, como él, una familia a la que quería y que le esperaba. Por eso, sin proferir palabra, volvió hacia él y trató de contener el flujo de sangre. Amarró con fuerza un torniquete sobre la zona afectada y le roció la pierna con el agua de su cantimplora. Cuando hubo terminado, el herido le dedicó una sonrisa. Era el gesto de un hombre agradecido.

–Te diré qué vamos a hacer –habló el cabo Pérez–. Me voy de aquí en este momento. Y tú, antes de que amanezca, procurarás encontrarte tan lejos de aquí como te sea posible. Así podrás hablar con tu familia sin necesidad de cartas.

El soldado enemigo asintió y cerró los ojos con una sonrisa. Miguel abandonó la vivienda.

Aunque no volvió a saber de aquel hombre, estaba satisfecho de haber actuado de aquella manera. A pesar de sus diferencias –el ejército que les había reclutado–, ambos eran españoles, con sus familias y sus planes de futuro. Así pensaba Miguel Pérez, combatiente del bando republicano.