VII Edición

Curso 2010 - 2011

Alejandro Quintana

La luz de Notre-Dame

Isabel María García Cabrera, 14 años

                 Colegio Monaita (Granada)  

Victoria y Belén estaban sentadas junto a la chimenea y escudriñaban por la ventana. Afuera, el gélido viento azotaba las ramas de los árboles violentamente. Empezó a chispear. El cielo se encontraba cubierto por una espesa capa de nubes oscuras.

Estaban aburridas. Pero, de pronto, una anciana de pelo cano entró en la habitación con dos tazas de humeante té, que les ofreció a cada una.

-¿Queréis que os cuente una historia? -preguntó, dispuesta a sacarlas de aquella situación de apatía.

Sus nietas asintieron.

A la abuela el encantaba narrar relatos. Encendió una vela de color anaranjado y un suave olor a canela inundó la sala.

-Abuela, ¿por qué te gustan tanto las velas? Belén odia las perfumadas -comentó Victoria mientras veía a su hermana retroceder un poco y estornudar.

La anciana pareció acordarse de algo. De uno de los destartalados cajones del armario sacó unas hojas de papel amarillento y se sentó.

-Escuchad. Lo escribí hace tiempo, pero estoy segura de que al oírlo se aclarará vuestra duda:

“Una adolescente recorría nerviosa las calles de París. Las lágrimas le empapaban las mejillas y su rostro entero reflejaba preocupación.

<<Por qué mamá se ha tenido que poner ahora tan enferma? Marcos no podrá nacer... >>.

Aquel pensamiento le abotargaba la cabeza.

Cansada de andar de un lado para otro sin rumbo alguno, decidió sentarse en una plaza. Al alzar la vista se dio cuenta de que frente a ella se encontraba la catedral de Notre-Dame.

Notó un impulso que le invitaba a entrar a la iglesia.

<<No seas estúpida; no eres cristiana>>, se reprochó.

Pero la fuerza que le atraía seguía empujándola.

La catedral estaba solitaria. El sacristán iba a cerrar sus puertas. Pero la chica entró decidida y se fijó en las velas amontonadas junto a un cartel que indicaba que por unos céntimos de franco se podían encender.

Suspiró, tomó un cirio y lo prendió mientras susurraba:

“Aunque no sepa nada de ti, por favor, ayuda a mi madre para que se cure y mi hermano nazca”.

La llama refulgió durante varios días. Ella estaba convencida de que sus palabras volaban hacia el cielo.

Pasado un tiempo, ya casi consumida la vela, la muchacha regresó a Notre-Dame y tomó aquella cera derretida en sus manos. Con ojos llorosos, sin poder dar crédito a lo que había ocurrido, se acercó al altar. Torpemente se puso de rodillas y musitó:

-Gracias.”

Al terminar el relato, la abuela bostezó y se dejó sumir en un profundo sueño.

Belén consultó la hora en su reloj. Eran las nueve y media.

Su hermana la cogió por el brazo.

-¿Te has dado cuenta? Los milagros existen -apuntó Victoria-. Ahora entiendo por qué a la abuela le gustan tanto las velas.

-Además, acabamos de conocer por qué se hizo cristiana.

Intercambiaron una mirada cargada de emoción y contemplaron a la anciana, que dormía en el sillón.