VIII Edición

Curso 2011 - 2012

Alejandro Quintana

María y Elena

Isabel María García Cabrera, 14 años

                 Colegio Monaita (Granada)  

Claudia y yo corríamos por las calles del pueblo. La misa había empezado: las campanas de la iglesia eran la prueba.

Bajé la mirada hacia el paraguas violeta que había a mi lado y sonreí. Noté contenta a mi hermanita, demasiado para ser una mañana lluviosa de domingo. Claudia me hizo un gesto, indicándome que fuéramos más rápido.

-¡No corras! -le grité.

Asomó la cabeza por debajo del paraguas. Airada, contestó:

-Elena está esperándome.

Elena. Había escuchado ese nombre en mi casa durante los últimos meses. Claudia, que era muy cabezota, se empeñaba en verla todos los domingos. A mi padre no le gustaba demasiado y yo no la conocía mucho, pero nunca había visto a dos amigas llevarse tan bien.

Se conocieron en la plaza de la iglesia. Claudia se había caído y Elena le tendió la mano y le sonrió. Intercambiaron unas palabras y comenzaron a jugar.

Oí que Elena y su madre habían sido vecinas de mis tíos, pero habían tenido muchos problemas económicos y finalmente acabaron en la calle. Sobrevivían gracias a la caridad y algunos trabajos que hacía la madre de la niña: limpiaba casas y comercios. Además, vendía comida para las palomas.

En cierto modo, Elena era parecida a Claudia. Ocho añitos, alta para su edad, morena... Mi hermana tenía los ojos de un azul muy claro y no era tan delgada como su amiga.

A la madre de Elena la conocía de vista. Enjuta, vestía siempre con las mismas ropas viejas pero parecía feliz, por más que aquellas apariencias provocaran un poco de desconfianza entre los vecinos.

Siempre nos las encontrábamos los domingos, sentadas en uno de los escalones de la puerta de la iglesia.

Agarré a Claudia por el brazo, antes de que cruzara un paso de peatones en el que el semáforo estaba en rojo.

La intensidad de la lluvia iba disminuyendo y las nubes comenzaban a disiparse, dejando en el cielo claros de un intenso añil. Las calles ya no parecían tan tristes.

Cruzamos la calle y llegamos al templo. Cerré el paraguas, abrí la puerta y nos situamos en uno de los últimos bancos. Al mirar atrás, me di cuenta de que Claudia no había entrado conmigo.

<<Lo que faltaba>>, pensé. <<¿Dónde se habrá metido?>>. Conocía la respuesta a mi pregunta.

Salí de nuevo a la calle. La lluvia había cesado definitivamente. Miré a la derecha y me encontré a Elena y a su madre en el escalón habitual, charlando con Claudia.

-¡Claudia!-Exclamé-. Ven ahora mismo.

Pero mi hermana hizo un gesto negativo con la cabeza. Me acerqué enfadada. Fue entonces cuando la madre de Elena me sonrió por primera vez.

-Tranquila. Nosotras también vamos a misa.

Vacilé un momento y cogí a mi hermana de la mano.

La mujer y su hija ocuparon uno de los bancos. Antes de que pudiera detenerla, mi hermanita se sentó junto a ellas y yo, recelosa, tuve que ir allí también, mientras aguantaba las miradas curiosas de las filas más cercanas.

Al acabar la celebración, la mujer me buscó:

-Espero que mi hija no te haya ocasionado ninguna molestia.

-No-le contesté.-Se parece mucho a mi hermana. ¿Cómo se llamaba usted?

-María.

Respondió. Tras un silencio incómodo volvió a hablar.

-Hace mucho que tus padres no vienen por aquí.

-Están cansados; tienen mucho trabajo -le dije.- Además, acabamos de llegar de Málaga, de ver a mis tíos que, por cierto, le mandan recuerdos.

Un brillo le asomó a los ojos, como si recordara una etapa lejana y feliz. Supuse que hacía tiempo que no hablaba con nadie, así que decidí prolongar aquella charla mientras las niñas jugaban al escondite.

-Me gustaría agradecer a tus tíos lo que han hecho por mí y por mi hija. Cuando a mi marido lo echaron del trabajo, nos prestaron dinero. También cuando terminamos en la calle después de que él nos abandonara… -se le quebró la voz-. Hace poco fui al médico; estoy embarazada y no sé qué hacer…Me han dado la posibilidad de abortar.

Sentí una punzada de compasión.

-Por favor, no lo haga... Imagínese la llegada de otro niño, alguien como Elena. ¿No le gustaría?

Ella sonrió y miró a su hija, que reía mientras corría tras mi hermana.

-Elena es lo mejor que me ha pasado en la vida.

-Le ayudaremos a cuidarlo.

Por la tarde hablé con mis padres. Y a partir del día siguiente con mis vecinos. Estaba decidida a encontrarle un buen trabajo.

Nunca había conocido a una mujer tan fuerte como ella y a una niña tan alegre como la pequeña Elenita. Me enseñaron a ver la vida de otra manera.