Besos a un bebé de arcilla

Después de veinte siglos, parece que no hay nada más que añadir acerca de la Navidad. De hecho, no hay nada más que añadir desde que san Mateo y san Lucas rubricaron sus correspondientes Evangelios. Es lo bueno de los hechos canónicos recogidos sobre la vida de Jesucristo, que no precisan añadidos, ni siquiera cuando estos rezuman piedad, aunque demos por buenas las tradiciones que los cristianos de todos los tiempos han ido añadiendo a los primeros momentos de aquella historia que cambió el rumbo de la humanidad, elementos encantadores, sin duda, que aportan dulzura a unos días merecedores de muchos calificativos, salvo los azucarados, porque la dulzura debió de quedarse exclusivamente en el entendimiento de María y José, los únicos que sabían –y de una manera quizás brumosa– en qué consistía aquella aventura a la que habían sido lanzados con la fuerza de una galerna, el ímpetu del Espíritu, una vez aceptaron con total libertad complicarse la vida, y mucho, a causa de aquel misterioso bebé cuyos genes llevaban el ADN exclusivo de la adolescente que lo dio a luz, acunó y amamantó. 

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Dice Lucas que Jesús «fue creciendo en estatura, en sabiduría y en gracia para con Dios y los hombres», un nuevo misterio que nos muestra que se trataba de un niño como los demás niños (en su ignorancia, en su sencillez, en su alegría, en sus llantos, en sus sueños, en sus miedos, en sus juegos y en su aprendizaje), que al despegar hacia el pleno uso de la razón comenzó a atisbar su condición de deidad encarnada, su realidad de Hijo de la Familia divina, actualizando su sometimiento a la voluntad del Padre, que por amor a nosotros, miserables criaturas capaces de no cansarnos en hacer el mal, se abajó a ser cigoto, mórula, gástrula, blastocito, embrión, feto y, por fin, recién nacido al calor de un rebaño maloliente.

No quiero dármelas de sabiondo, porque mis conocimientos acerca de cualquier realidad son cada vez más limitados; sucede cuando el hombre se empeña en saber un poco más acerca de aquello que le rodea: somos tan limitados que hasta esa Inteligencia Artificial de la que todo el mundo habla es peccata minuta ante la dimensión de que aún nos queda por descubrir. En estas fechas, además, la sabiduría está de más. Son días para vivir descalzos, desnudos de toda presunción, condiciones sine qua non para que podamos asomarnos a la cueva de pastores donde rompió el primer llanto de aquel Niño, de quien la humanidad pende como las pesas de un reloj. Es aquella gente sin aparentes méritos, en aquel paraje ignoto, desterrada de toda suficiencia, la que dio la pauta al movimiento de las agujas de nuestro destino y al calendario por el que se rige la historia.

La Navidad tiene sus extrañezas. Por un lado, las chiribitas que crepitan en los ojos de los niños que no se cansan de besar a los bebés de barro. Ellos son, junto con la gente sin retranca, los únicos capaces de conocer la verdad que transluce en esas representaciones populares, teólogos en pantalón corto cuyas conclusiones no desdicen de las de san Agustín o santo Tomás de Aquino. Por el otro, las de los niños ¬–cada vez más numerosos– que no saben nada de bebés de arcilla, de besos ni de teologías llovidas del cielo. Ambas chiquillerías se merecen la celebración, aunque no sé si tanto los mayores que, por justificar este vomitivo dispendio invernal, han fabricado una bobada de elfos, espíritus empalagosos y dantescos, guerras provincianas por demostrar quién ha colocado más bombillas de colores (luego los mandamases nos asustan, culpabilizándonos de emisiones apocalípticas que deshacen los polos… ¡Sinvergüenzas!) y más cadenetas de un espumillón dorado que haría las delicias de cualquier vivienda que se precie en Dubái, Abu Dabi o Doha.

Pero no quiero dejarme llevar por la comparación maniquea de los dos tipos de Navidad que desde la posguerra mundial se celebran en Occidente. Que cada palo aguante su vela. Tampoco quiero abrir hueco a la nostalgia por aquellos que «ya no están», como frasean los cursis, entre otras cosas porque anhelo que la mayoría de ellos formen parte de un belén viviente que no conoce los vectores del tiempo y el espacio. No olvidemos que Dios «hace nuevas todas las cosas». Él nos tiene reservado un lugar donde la Navidad no depende de bolas de cristal ni eróticos anuncios publicitaros de perfumes. Nosotros seremos allí los bebés de arcilla que reciban los besos de Yahvé.