V Edición

Curso 2008 - 2009

Alejandro Quintana

Cuca

Alicia Inurria, 16 años

                 Colegio SEK-Ciudalcampo (Madrid)  

No sentía nada, nada en absoluto. Pero, ¿desde cuándo un perro es consciente de sus sensaciones? Un perro no atiende a razones, sólo a sus instintos o, al menos, eso es lo que se dice. Pero Cuca tenía una nueva percepción de ella misma y de lo que le rodeaba, una percepción que le permitía expresar los sentimientos. Se encontraba en una nueva dimensión en la que no le hacía falta mover el rabo, gemir o pegar saltitos para expresarse.

No podía acordarse de cómo era antes. Echaba de menos a alguien en especial, eso sí, alguien que no pertenecía a su especie. Se trataba de una persona. Se trataba de ella, en la que centraba casi toda su atención, a la que quería más que a nadie en ese otro mundo. Pero ahora ella no estaba con Cuca.

No se acordaba de cómo era el sentimiento de amor hacia su dueña, pero esta nueva dimensión en la que se encontraba aumentaba su capacidad de raciocinio y el dolor que produce la nostalgia. Cuca se ponía triste cada vez que ella lloraba, cuando la regañaba por haberse comportado mal.

¿Cuándo era antes…? Recordó una mesa de metal, un pinchazo en el anca. No sentía las patas, pero las patas no importaban, aquello era preferible al dolor.

Lo último que recordaba era el rostro de ella. Estaba con Cuca, llorando durante toda la noche. Cuca intentaba chuparle la cara, pero al moverse sólo conseguía más dolor y que ela llorase aún más fuerte.

Quería que ella la viese, que supiera que estaba bien. Pero ¿cómo llegaría a su casa sin patas…? En realidad, no tenía patas, ni rabo, ni orejas ni ojos… En ese momento se dio cuenta de que era un alma. Pero no se entristeció. Sólo pensaba en ella, la que la quería, la que estuvo con ella la última noche, junto a la habitación de la mesa de metal.

Intentó buscar su casa, donde seguro que la encontraría. Su deseo bastó porque con los deseos uno se mueve muy rápido.

De repente la vio. Ella estaba triste, junto a otras dos personas que no eran importantes para su dueña, que sólo pensaba en Cuca.

La siguió hasta su habitación, vio cómo se cambiaba de ropa y se metía en la cama. Cuca se tumbó a su lado e intentó reconfortarla, decirla que estaba bien, que no se preocupase. Pero ella no podía ver a Cuca.

De repente, ella dejó de llorar: levantó la cabeza y miró hacia donde se encontraba el alma de Cuca. Hizo que su esencia se acercase más a ella para que la sintiera con mayor intensidad. Entonces se calmó y comenzó a dormirse. Tenía un brazo sobre el alma de su perro. Estaban abrazadas, como la última noche. Cuca se quedaría a su lado el resto para siempre, hasta que la muerte las separase.