XVII Edición

Curso 2020 - 2021

Alejandro Quintana

Dos miradas y un café  

Laura María Sánchez, 16 años

Colegio Senara (Madrid)

–Buenos días. Es 3 de mayo –anunció con entusiasmo la chica de la radio–. De momento no nos acompaña el sol. De hecho, han vuelto las lluvias… 

–¡No! –gritó Amber desde el baño a la cocina, donde estaba el transistor–. Hoy no, por favor.

Llevaba seis meses trabajando en un proyecto, y aquel 3 de mayo era el día de la presentación. Todo su esfuerzo iba a verse recompensado a partir de las doce del mediodía, cuando lo explicara a los representantes de la empresa constructora en la que deseaba trabajar. Desde que tenía uso de razón soñaba ser arquitecto, y gracias a ese proyecto esperaba hacer realidad su sueño.

A las nueve y media salió de casa. Quería llegar cuanto antes a la sede de la empresa y tenerlo todo organizado para cuando llegaran los directivos, a eso de las once y media. Aunque había empezado a llover, su trabajo se encontraba a salvo en el interior de una bolsa. 

Llegó empapada. Dejó sus cosas sobre una mesa y bajó a tomarse un café, para entrar en calor. 

Un hombre apuesto y elegante le abrió la puerta de la cafetería. Amber tenía tanta prisa que ni se volvió para darle las gracias por aquel gesto. Al contrario, a él le bastó verla para saber que aquel era su día de suerte. 

<<¡Qué guapa es!>>, pensó Lucas.

Amber pidió un café con una ración extra de canela. 

–Perdón –el hombre galante se había acercado a ella–. ¿Eres Amber? 

–Sí –le respondió ella extrañada, pues no entendía por qué aquel extraño conocía su nombre. <<No lo he visto nunca; si no, recordaría su sonrisa>>, pensó. 

–Creo que me han dado tu café –respondió con una sonrisa mientras le mostraba un vaso, pues en aquel local tenían la costumbre de escribir el nombre del cliente sobre el cristal.

Ella rápidamente miró su vaso. En efecto, venía un Lucas que no le correspondía a ella.

Ambos se echaron a reír mientras se intercambiaban los cafés. De repente Amber consultó su reloj.

– ¡Oh, no!... Me tengo que marchar –dijo apurada–. Lo siento. Ha sido un placer conocerte.

–También para mí –le sonrió. Y antes de que pudiera preguntarle si le apetecía quedar con él un poco más tarde, Amber había salido del local.

<<Bueno; otra vez será>>.

El móvil de Lucas rompió a sonar. Era la secretaria de la empresa de construcción:

–¿Señor Lucas Bermejo?... Debe venir volando, porque va a llegar su turno.

Debía preparar todo para presentar su proyecto a una empresa de arquitectura, ya que era su oportunidad para demostrar su talento.

Treinta minutos más tarde llegó su oportunidad. Aunque estaba algo nervioso, fue capaz de resolverlo bien.

A las dos horas recibió una llamada.

–Buenas tardes. ¿Lucas Bermejo? –preguntó una voz desconocida

–Soy yo –respondió nervioso.

–¡Enhorabuena! Le anuncio que usted es uno de los candidatos seleccionados... ¿Le importaría venir sobre las tres y media?... Es para que nos cuente con más detalle algunos aspectos de su proyecto.

–Por supuesto, será un placer –respondió sin ocultar su alegría.

–Perfecto. 

–Espere… ¿Ha dicho <<uno de los candidatos seleccionado>>? –se apresuró a decir, por si no había entendido bien.

–Así es.

–¿Eso quiere decir que no soy el único seleccionado? 

–En efecto –le respondió la voz–. Entre los treinta candidatos, han sido seleccionados usted y una señorita.

–Está bien. Luego nos veremos.

<<No puede ser… ¿Cómo es que somos dos? Me aseguraron que solo necesitaban un arquitecto>>.

A las tres y veinte Lucas estaba listo para demostrar los detalles de su proyecto. Unos minutos después la secretaria se le acercó y le hizo pasar a la sala, en donde varios directivos se encontraban hablando entre sí.

–Buenas tardes, Lucas –le saludó el director.

–Buenos tardes, eh…

– Mario –le aclaró amablemente.

–Perdón; Mario.   

Tras comentarles durante un rato aquellos asuntos del proyecto, Mario exclamó:

–¡Me encanta! Es justo lo que estábamos buscando. Pero para que sea más completo, trabajará con un compañero.

–¿Un compañero?... –se sorprendió–. <<Yo no necesitó un ayudante>>, pensó para sus adentros.

En ese instante la vio aparecer.

–Esta es… 

Antes de que Mario pudiera presentársela, Lucas se adelantó a decir:

–¡Amber!

–¿Lucas? –contestó ella–. Menuda sorpresa.

Lucas no se lo podía creer; no solo había conseguido que les gustara su proyecto, sino que iba a trabajar con la chica de la que tan solo había hecho falta una mirada para haberse enamorado.

<<Madre mía… ¿será casualidad?>>, era Amber quien hablaba interiormente. <<No solo se ha tomado mi café, sino que ahora tendré que trabajar mano a mano con él. No puede ir peor este maldito 3 de mayo>>.

–Si les parece, les dejamos juntos para que puedan hablar entre ustedes –comentó Mario, poniendo a todos los directivos en pie. 

Lucas y Amber se quedaron solos.

–Bueno... –el chico rompió un silencio incómodo–. Parece que vamos a vernos todos los días.

En su cara se notaba un chispazo de emoción. 

–Eso parece –fue lo único que soltó Amber en un tono desmotivado. 

Pero Lucas estaba tan contento que no lo notó.

Años después, Amber y Lucas gustaban recordar la extraña manera en que se conocieron, que fue el principio de una amistad que en poco tiempo se convirtió en amor. Además, sería una historia contada desde dos miradas distintas.