III Edición

Curso 2006 - 2007

Alejandro Quintana

Huída

Carolina Rodríguez Torres, 16 años

                 Colegio Aldeafuente (Madrid)  

    A sus diecinueve años, Diego se encontraba en una situación límite. Recogió sus cosas a toda prisa y se marchó de casa. Casi tira las macetas de su ventana. Si hubiera ocurrido, tampoco le hubiera importado.

    Mientras caminaba hacia la parada del autobús, observó los chalets ajardinados que rodeaban al suyo. Se le antojaron amenazadores. Anduvo más deprisa. En la estación se intentó secar el pelo. Lo llevaba mojado después de la rápida ducha que había tomado después de aquello... Sacó un libro de su mochila, pero no consiguió concentrarse en la lectura. Había llegado una mujer corpulenta con un montón de bolsas. Contempló a Diego como si fuera a decirle algo. Pero no habló; se puso a hurgar en una de sus bolsas. A Diego le importaba poco: estaba absorto en sus pensamientos. No podía seguir en Portugal. Era demasiado arriesgado.

    Se le desfiguraban las letras de la página. Le envolvían, ahogándolo. Cerró el libro de golpe y lo guardó rápidamente, como si pretendiera ahuyentar una pesadilla.

    Había decidido marcharse del país, pero no por eso se sentía más libre. Dudó si Fran y Álvaro le acompañarían. Esa duda le ahogaba. Era mejor fiarse, llegar al final de lo convenido.

    En el autobús, la mujer se sentó dos o tres asientos por delante de él. Había un drogadicto en los asientos del fondo. Diego necesitaba desahogarse. Qué mejor que con quien más quería, aunque Lourdes desconociera en el lío en el que él se había metido. No importaba: necesitaba escribirla urgentemente. Se la imaginó contenta, como siempre, dispuesta a todo. Era un alivio poder contar con gente como ella.

    “Lourdes, necesito contarte algo antes de que me destruya. Te necesito más que nunca y te pido que me comprendas, porque he hecho algo muy grave, algo horrible de lo que me arrepiento. No sé si podré dormir tranquilo desde ahora en adelante.

    Me creía libre, pero he mancillado mis principios, hasta convertir mi vida en puro teatro. No sé que hacer, Lourdes. Me asusta el recuerdo de sus gritos... No tengo mucha elección.

    Dos amigos están mezclados en el mismo asunto. Roberto nos consiguió unos documentos falsos y nos vamos a España. Allí nos quedaremos hasta que se olvide todo.

    El miedo nos va marcando el camino. Me gustaría volver atrás, retroceder y que todo fuera un sueño. Pero ahora, Lourdes, sé que no hay vuelta a atrás.

    Parecía una aventura juvenil pero se ha convertido en un infierno. De lo demás, te irás enterando.

    Confío en tu silencio ante mis padres. No quiero ponerte ante un aprieto. Te he informado de algo que no deberías saber. Aún así, lo siento.

Diego.”


 

    Dos años después, una chica recoge la cocina de su pequeño apartamento. Acaba de llegar de la universidad. Hace calor. Saca un helado de la nevera, se sienta en el comedor y empieza a comer mientras hojea el periódico del día de ayer. “Nada interesante”, piensa, hasta que un titular consigue llamarle la atención: “La policía detiene a los culpables del brutal asesinato del parque vecinal”. Le empieza a palpitar el corazón. Sigue leyendo; “Ayer se entregaron a la policía española Diego Fernández, Francisco Montaire y Álvaro Corbá, después de dos años ocultos en el Pirineo. Se inculparon de ser los autores del crimen que trajo en jaque a los mejores investigadores de Lisboa. Como recordarán nuestros lectores, fue un asesinato terrible por las condiciones en las que se encontraron los cadáveres. Desde el principio, se barajó un ajuste de cuentas como móvil”. De pronto, Lourdes comprendió las sombras en la carta de Diego. Al final del artículo se recogían unas palabras de aquel chico al que quiso tanto: “Lo que hicimos no tiene perdón. Estamos dispuestos a pagar lo que sea justo, a asumir las consecuencias.”

    Lourdes se echó a llorar. Diego había vuelto.