XVII Edición

Curso 2020 - 2021

Alejandro Quintana

Las perlas de Hong Kong 

Teresa Franco, 16 años

Colegio Senara (Madrid)

Todo empezó a finales de noviembre. Jasim, siervo del sabio Melchor, le llevó unos papiros. Al dejarlos sobre la mesa, escuchó sus murmullos de desconcierto:

–Esa estrella… brilla tanto…

Picado por la curiosidad, se acercó a observar por un hueco que había en el techo. Descubrió un lucero reluciente que destacaba sobre los demás.

–Solo es una estrella entre todas las que hay, maestro.

Melchor intentaba convencerse de lo mismo, pero por algún motivo aquel resplandor tenía una intensidad fuera de lo normal. 

–Nunca, en toda mi vida, he visto otra igual. Quisiera descubrir qué está señalando.

Jasim movió la cabeza con un suspiro al ver que su amo volvía a delirar con extrañas teorías.

<<¿Qué va a señalar una estrella? Nada; solo ilumina la noche, como todas las demás>>, razonaba. 

En ese momento entraron Gaspar y Baltasar en el estudio. Ellos también la habían visto. Discutieron, pues Gaspar, al igual que Jasim, sospechaba que Melchor se iba a embarcar en una aventura y que Baltasar iría detrás de él. 

–Sois unos insensatos –les recriminó. Pero sabía que no le escuchaban. 

Melchor volvió a llamar a Jasim y le dijo:

–Prepara camellos y víveres para un largo viaje. 

Los tres magos partieron a la mañana siguiente. Cada sabio había cargado sus utensilios para observar el cielo y unos siervos guiaban los camellos. Melchor había calculado que, en cosa de un mes, llegarían a donde la estrella les indicase, siempre en dirección al Oeste. Días después, Jasim creyó que pronto les faltarían las provisiones y tendrían que volverse. 

Baltasar era el más divertido de los tres sabios. A menudo cantaba y le seguía entonces un coro formado por Melchor, Gaspar, los camelleros y, por último, Jasim, que no podía evitar la energía contagiosa de la música. Entonaba en susurros, para no demostrar su disfrute. Melchor, que le veía, se reía por dentro.

Por las noches encendían hogueras para dorar el pan y compartían los víveres. Esos momentos eran los más especiales para Jasim, porque sus amos demostraban que no les importaba la condición social de los camelleros, con quienes compartían sus copas de oro como lo harían con un rey. 

A las dos semanas llegaron al primer pueblo de Judea. A sus habitantes les resultó un tanto extravagante aquella comitiva. Desde allí se encaminaron a Jerusalén. Los sabios estaban convencidos de que si alguien podía saber algo del significado de la estrella, era el rey Herodes. Eso sí, les preocupaba que la estrella ya no brillara tanto como antes. 

<<Va a ser que yo tenía razón…>>, pensó Jasim. Pero al mirar a la cara de Melchor, se dio cuenta de que todavía quedaba esperanza.

En palacio, Gaspar preguntó por el Rey que acababa de nacer, pues ese era el sentido que los tres le habían dado al lucero. Herodes no pudo disimular su asombro: los ojos se le abrieron como canicas, aunque intentó recuperar la compostura y los condujo a unos aposentos, con la excusa de que parecían muy cansados.

Melchor mandó a Jasim descargar algunos papiros y su telescopio. Los sabios pasaron la noche buscando la estrella, que parecía haberse esfumado. Jasim no dijo nada, para no quitarles la ilusión. Mientras, Herodes había llamado a los sacerdotes de la ciudad, a los que expuso su angustia. Ellos también se inquietaron. Le informaron de que el descendiente de David nacería en Belén, de acuerdo con la profecía.

A la mañana siguiente Herodes compartió con los sabios lo poco que sabía.

–Id a Belén –les dijo– y averiguad lo que podáis del niño. Y en cuanto lo encontréis, avisadme para ir yo también a adorarlo.

Al caer la noche, la estrella volvió a brillar, esta vez más fuerte que nunca. La caravana prorrumpió en gritos de júbilo, incluido Jasim, que se quedó entre asustado y asombrado. 

–¡Qué estrella tan escurridiza!... –exclamó Melchor con una amplia sonrisa.

Jasim estaba confuso: la estrella le acababa de demostrar que no habían hecho el viaje en vano.

En Belén un chorro de luz bajó desde el lucero para iluminar un establo. Melchor descabalgó de su camello y junto a Jasim subió la colina para llamar a la puerta. Allí les recibió José, con María, que llevaba el Niño en brazos. Melchor, después de adorar al pequeño, le dijo a Jasim:

–Te dije que la estrella traía una señal.