XXI Edición

Curso 2024 - 2025

Alejandro Quintana

¡Pare el bus! 

Ana María De Echanove, 14 años

Colegio María Teresa (Madrid)

Un día más, Lola se subió al autobús que le llevaba a la universidad. Le embargaba el deseo de acabar aquel último curso de Psicología y ponerse a trabajar. 

Saludó al conductor, pasó la tarjeta por la pantalla, se dirigió hacia el fondo del autocar y se sentó en la última fila. En aquella ocasión también viajaba el chico al que veía desde hacía un tiempo, un joven de su edad, alto, de pelo castaño, ojos azules y recién afeitado. Le resultaba muy atractivo, pues aparentaba ser sociable, despistado y responsable a la vez.

«¿Tendrá muchos amigos?», se preguntaba Lola mientras el autobús avanzaba de parada en parada. «¿Se habrá levantado muy temprano? ¿A qué universidad irá? ¿Cuál será su carrera?».

Desde hacía semanas deseaba hablar con él, pero llegado el momento se acobardaba. 

Algo parecido le ocurría a Fernando. Quería indagar sobre la chica de ojos grises y melena dorada que acababa de tomar asiento en su misma fila. La miró de soslayo y descubrió que ella también lo miraba. Con un repentino impulso de valentía, el estudiante se puso en pie para sentarse al lado de Lola, que se quedó sorprendida.

—Hola. Me llamo Fernando –le sonrió–. Vamos en el mismo autobús desde hace unos meses y todavía no hemos hablado.

—Yo también lo había notado —respondió ella con cierto rubor—. Soy Lola.

Empezaron a hablar, primero con algún azaro y después como si se conociesen desde hacía tiempo. 

Cuando el transporte público alcanzó la parada de Fer —le había pedido que le llamase así—, se despidieron a través de la ventanilla con la mano. 

Y Lola pasó aquella mañana pensando en autobuses y chicos guapos.

Al día siguiente, en cuanto Fer vio a Lola entrar en el autobús, le hizo una seña para que se acomodara a su lado.  Ella se sentó y colocó su bolso entre las piernas. Comenzaron la conversación:

—Oye, ¿qué carrera estás estudiando? —la inició ella—. ¿Estás ya en el último curso?

—Sí, en el último. Voy a la Universidad Villanueva, en donde hago ingeniería. Estoy impaciente por terminar. 

—A mí me pasa lo mismo. Estudio un doble grado de psicología y criminología. La verdad es que lo estoy disfrutando, pero quiero ponerme a trabajar cuanto antes. Es decir, abrir una consulta e investigar algún caso.

—¡Qué interesante!

—Pues sí, aunque para que me renueven la beca tengo que estudiar mucho.

No solo charlaron acerca de sus carreras, sino de sus respectivos hermanos —ambos eran los pequeños en su familia numerosa— y de otros temas. Al enfrascarse en la conversación, Fer estuvo a punto de dejar pasar de largo su parada.

—Discúlpame —dijo al ponerse en pie y alcanzar con tres brincos la puerta de salida. 

Se bajó a toda velocidad, sin despedirse de ella.

Así fueron pasando los meses: se encontraban cada mañana en el autobús, en donde hablaban de todo y de nada mientras se hacían amigos. Eso sí, no intercambiaron el número de teléfono ni la cuenta de Instagram, para no convertir su amistad en una relación online. Poco a poco aumentó la confianza entre ellos, pues cuando estaban juntos sentían que se quitaban todas las caretas. Aquella media hora de viaje se convirtió en el mejor momento de cada jornada, la razón por la que llegaban a la universidad con una motivación renovada, lo que pronto quedó reflejado en sus respectivas calificaciones. 

Cuando atisbaban el final del curso, pensaron también en el fin de su amistad: ya no volverían a coincidir en aquel trayecto y, por lo tanto, dejarían de verse. Sin darse cuenta llegaron al último viaje, en el que, por primera vez, no sabían de qué hablar. Se encontraban tristes, como aplastados por una extraña timidez. Lola tomó la iniciativa: no estaba dispuesta a que lo que habían vivido aquel año acabase de esa manera:

—Parece mentira –rompió el silencio–, pero hoy acabamos la carrera.

—Sí —contestó Fer con un nudo en la garganta—. Me darán las notas en julio. ¿A ti?

—Creo que las tendré en dos semanas, pero no estoy segura. Dime —dio un cambio al rumbo de aquella charla—, ¿has empezado a buscar trabajo?

—Tengo una entrevista en agosto. Lo malo es que el puesto que me ofrecen está en Florida. Si me cogen, tardaré en volver a España.

—¿Por qué no me lo has contado hasta ahora? —protestó Lola.

El chico se quedó pensativo antes de responder:

—No sé —se encogió de hombros—. Como no volveremos a vernos, pensé que no tiene importancia.

Lola sintió una punzada de dolor, como si una aguja atravesara su corazón. 

«¿De verdad te vas?», pensó. «¿No te volveré a ver?».

—Te quedan dos paradas —le señaló la chica con una expresión seria.

—Entonces, supongo que ha llegado la hora de la despedida. Ha sido un placer haberte conocido; eres una chica increíble.

Lola se sonrojó al tiempo que le dedicaba una tierna sonrisa. De pronto había comprendido que sentía algo novedoso por aquel muchacho.

—Tú también, Fer. Gracias a ti, este ha sido mi mejor curso.

El chico se levantó y se dirigió hacia la salida del autocar.

—¡Adiós, Lola! 

El vehículo se detuvo y el conductor abrió la puerta. Fernando bajó a la acera, desde donde le lanzó una última mirada a la chica, que percibió en los ojos de su compañero de viajes una pizca de esperanza. Se cerraron las puertas y el autobús empezó a avanzar.

—¡Pare el bus! —gritó Lola, decidida a que aquel viaje continuara.