I Edición

Curso 2004 - 2005

Alejandro Quintana

Recuerdos de verano

Luisa Varona, 14 años

                 Colegio Ayalde, Loiu (Vizcaya)  

     En estos días, con las vacaciones tan cerca, he recordado varias anécdotas que he vivido en verano. El mas antiguo de mis recuerdos, que a mi hermano le gusta mucho, tiene que ver con los días que pasamos en Lanzarote, en casa de una prima de mi padre.

     Era un pequeño chalet con un jardín de piedrecillas negras. Tenía un cuarto de baño con las paredes y el techo de cristal. Sobre el tejado, había muchísimas plantas. Así como en Bilbao casa me costaba mucho tomarme un baño, allí me encantaba.

     Había un san bernardo enorme llamado Ron, que dormía en el garaje. Era un perro muy tranquilo y nos seguía a todas partes. Mi hermano, que entonces tenía dos años y medio, era casi de la misma altura que Ron. Todas las mañanas, cuando se despertaba, salía de la cuna y bajaba por las escaleras que se comunicaban con el garaje, y se sentaba al lado de Ron.

     La primera vez que lo hizo, mis padres le estuvieron buscando, hasta que lo encontraron dormido entre las patas del enorme perro. Ron acariciaba a mi hermano sin despertarle. Sin querer, le hacia pequeños arañazos en el brazo. Otro día que estábamos desayunando todos juntos, notamos la falta de mi hermano. Después de buscarle por el jardín, se nos ocurrió preguntarle a un vecino, que nos comento que había visto pasar a un niño muy pequeño acompañado de Ron. Mi hermanito se había escapado para descubrir cosas, como suelen hacer los niños de su edad, y el perro se había ido con él para cuidarle. Salimos a buscarles por la urbanización y al fin los encontramos: mi hermano encima del perro, como si el san bernardo fuese un caballito.

     Ron murió en un accidente de coche, hace cuatro años, pero mi hermano sigue pidiéndonos que le recordemos estas anécdotas.

     Otra vez veraneamos en casa de unos amigos de mis padres, en Javea (Alicante). Al salir del coche, nos sorprendió el calor y la luz del Mediterráneo. El cielo está iluminado de manera intensa y el color del mar es de ese azul que pintan los niños, solo que allí es real. Disfrutamos muchísimo bañándonos entre las rocas. Nos encantaba ir al mar con gafas de bucear y tubo, para ver los peces alrededor nuestro e intentar cogerlos, siempre sin éxito. Desde ese verano hemos seguido disfrutando de Javea unos diez o quince días al año, a pesar de que el jardín no tiene piedras negras ni hay un perro como Ron.