XXI Edición
Curso 2024 - 2025
Sombras en la casa vieja
María José Bazán, 16 años
Colegio Santa Margarita (Lima, Perú)
En Trujillo, entre las paredes de una casona antigua vivía una muchacha llamada Marina. Desde muy joven tuvo que hacerse cargo de sus cuatro hermanos, entregándose por completo a su bienestar. A pesar de su corta edad, sus padres llegaron a concertar su matrimonio, pero ella se negó a casarse, pues su única obsesión era conseguir pagar una buena educación para sus hermanos. Para ello trabajaba incansablemente, porque el futuro de su familia dependía de ella.
Un día, mientras todos los hermanos observaban un desfile militar que pasaba frente al balcón de la casa, Bernabé, el más pequeño, desapareció. Marina, absorta en el espectáculo de músicos y bailarines, tardó unos instantes en notar su ausencia. Salió a la calle para buscarlo entre la multitud, lo llamó a voces, preguntó a muchas personas, lo buscó por todas partes, recorriendo las calles y los parques de Trujillo, pero Bernabé nunca apareció.
Los años pasaron bajo la sombra de la ausencia de aquel hermano tan querido, mientras Marina peleaba por el bien del resto. Los hermanos fueron creciendo y tomando sus propios caminos. Sin embargo, el recuerdo de Bernabé nunca se le borraba. Por las noches se preguntaba qué habría sido de él, en el caso de que siguiera con vida, y suspiraba con el afán de volver a verlo.
Trece años después, un desconocido se presentó ante la casona. Vestía el uniforme militar y traía la mirada endurecida por el tiempo y las experiencias. Cuando Marina abrió la puerta y lo vio, su corazón dio un vuelco.
—¿Marina? —preguntó el joven con tono vacilante.
Ella lo miró con incredulidad. Había algo en su voz, en sus rasgos, en la forma en que sus ojos la observaban, que le resultaba familiar.
—¿Bernabé? —susurró, sin poder creerlo.
Él asintió.
Su hermano le contó que lo habían arrastrado a la fuerza para criarlo en la disciplina de un cuartel, en el que le obligaron a prescindir de su pasado. Pero no lo logró por completo, pues le venían a la memoria nombres, olores, pequeñas imágenes… que por fin lo habían llevado de vuelta a Trujillo, hasta la casa de su infancia.
Marina lo abrazó con fuerza, sintiendo que el tiempo se detenía por un instante. Pero en seguida notó que su hermano ya no era el niño que una vez protegió. Sus palabras eran frías, su postura rígida. Aquella calidez de antaño parecía haberse esfumado.
Con el paso de los días, intentó recuperar a Bernabé, pero había cambiado de forma radical. Hablaba de justicia, de lucha, de ideales que a ella le resultaban ajenos. Hasta que una noche la familia comenzó a notar susurros en el barrio y el miedo en las miradas de sus vecinos. El terrorismo se cernía sobre el país; Bernabé no solo había sido un soldado: ahora era un hombre con convicciones peligrosas.
—¡No sabes lo que dices, Bernabé! —exclamó Luz en mitad de la cena.
—El mundo no es como crees, hermana. Hay que cambiarlo. Hay que hacer justicia.
El temor se apoderó de la casa. Nadie se atrevía a contrariarle, pero el peligro que acompañaba a Bernabé era real.
Una madrugada, sin previo aviso, desapareció. Nadie supo a dónde se fue ni con quién. Solo dejó el eco de sus pasos que se alejaban y el silencio denso de la incertidumbre.
Marina se quedó plantada en el umbral de la puerta, con los ojos nublados por las lágrimas. Había recuperado a su hermano para perderlo de nuevo, de una forma aún más cruel. Esta vez supo que no habría regreso.