XVII Edición

Curso 2020 - 2021

Alejandro Quintana

Soñar despierto 

Laura Sánchez Jiménez, 16 años

Colegio Senara (Madrid)

Pi… Pi… Pi… 

Aquel antipático sonido indicaba que tenía que despertarse, y aunque le hubiese gustado seguir durmiendo no tuvo más remedio que salir de la cama. Carlos abandonó su casa y de el camino se topó con Pedro, su mejor amigo. En su cara se notaba que no se encontraba bien. Carlos supuso que había vuelto a discutir con Cata, su novia. Llevaban saliendo tres años, y últimamente discutían a menudo.

Entraron juntos al instituto. 

A la hora del almuerzo Carlos se cruzó con Cata. Le preguntó sin preámbulos qué había pasado esta vez con Pedro, pero ella le dijo que no sabía de qué le hablaba, pues la tarde anterior habían dado una vuelta por el barrio y le pareció que su novio estaba tranquilo.

Una vez se reanudaron las clases, Carlos no paraba de darle vueltas al asunto. Si Cata aseguraba que Pedro estaba bien, ¿cuál era el motivo de su aspecto tristón? 

Le acompañó de vuelta a casa y aprovechó para preguntarle:

–¿Te encuentras bien? 

–Sí. Solo que… –dudó antes de responder.

–¿Qué te pasa? Sabes que puedes contármelo.

–Verás… –Pedro parecía buscar las palabras adecuadas–. Esta noche he tenido un sueño extraño.

–¿Un sueño? –Carlos se sorprendió–. ¿Cómo puede un sueño tenerte así de abatido? 

–Escúchame. Ayer por la noche, al irme a dormir alguien llamó a la puerta de casa. Fui corriendo a abrirla, pero aunque no te lo creas, no había nadie. Pensé que me había imaginado el timbrazo, así que volví a mi habitación, pero cuando me iba a meter en la cama volvieron a llamar. Pensé ignorarlo, seguro de que era una broma pesada, pero volví a ponerme las zapatillas, bajé las escaleras y agarré el pomo de la puerta. Al abrirla me quedé sobrecogido, pues al otro lado no había nada. 

–¿Nada? -se extrañó Carlos.

–Sí. Fue como si hubiera abierto una puerta sin salida

–¿Y qué es lo que te preocupa? 

–Pues qué no recuerdo haberme despertado –le confesó Pedro con voz temerosa.

Carlos comenzó a entender, no sin cierto desasosiego.

–Eso quiere decir que…

–Sí, quiere decir que sigo dormido –terminó Pedro.

Carlos lo contempló con desconfianza. Aquello solo podía ser una broma.

–A lo mejor nunca te llegaste a dormir –le dijo.

–He leído que en los sueños tenemos más de cinco dedos en cada mano –afirmó Pedro.

–¿Probamos? 

Pedro miró a uno y otro lado, para comprobar que nadie les observaba.

–Vale –aceptó el reto.

Ambos empezaron a contar a la vez, repasando cada una de sus manos.

–Uno, dos, tres, cuatro, cinco… ¡y seis!

Se miraron el uno al otro, por si se les ocurría alguna razón que justificara aquel fenómeno.

–No puede ser –a Carlos le tembló la voz–. Si tú estás soñando, yo… ¿dónde estoy?

–Respecto a eso… 

–¿Qué? –le interrumpió.

–Pues, verás… –titubeó–. No he querido decírtelo antes, por no asustarte, pero al abrir la puerta en mi sueño, me decidí a cruzarla.

Carlos abrió los párpados, conmocionado.

–Tras pasarme un tiempo andando, llegué a un lugar extraño.

–¿Qué lugar?

–Un sitio muy oscuro. Parecía que me encontraba en una noche sin luna o dentro de una cueva. 

–Y, ¿qué hiciste? –a Carlos le podía la impaciencia.

–Después de un rato, percibí a alguien que echaba a correr y decidí seguirlo. Tras un tiempo detrás de él, me di cuenta de quién era.

–¿Quién? 

–Tú.

–¿Yo? –dijo extrañado, como si no hubiera escuchado bien.

–Sí.

–Y, además –bajó la voz–, apareció un coche que tomó una curva a toda velocidad y... 

Carlos, temeroso, habló con un hilo de voz:

–¿Morí? 

–Sí.

Pedro oyó una voz familiar.

–Pedro, cariño, despierta.

El muchachó miró a Carlos fijamente.

–¿Lo oyes?

–¿El qué?

–Alguien me está llamando.

De pronto abrió los ojos. Ante él estaba su madre, con el rostro pálido.

–Cariño, tengo que contarte algo –tragó saliva–. Esta mañana, antes de que saliera el sol, Carlos salió a correr y…

Pedro rompió a llorar y su madre lo abrazó con fuerza. Permanecieron así unos instantes, hasta que el chico se separó de ella y lanzó una pregunta al aire:

–¿Estaré soñando?