XVI Edición

Curso 2019 - 2020

Alejandro Quintana

Las velas

Jaime Llop, 17 años

                 Colegio Munabe  

Miguel miraba, con cara de asco, cómo el puré caía en su plato. De pronto hubo un apagón en el piso, causando el efecto contrario de un rayo en las ocho pupilas de la familia.

La hermana, cuando salió de su sorpresa, caminó lo más rápido que pudo hasta el balcón, dispuesta a comprobar si había afectado a más edificios. Aunque apenas distinguía las paredes de la casa, se sabía el camino de memoria. Dio a los interruptores de luz mecánicamente, aunque no se prendió una sola bombilla. Una vez en la terraza, contempló las masas oscuras que formaban los edificios. Iluminada por la luna, la ciudad daba la sensación de ser una gran arboleda, tranquila y silenciosa.

—Tampoco hay electricicidad en el barrio— se dijo Ane, orgullosa de ser la primera de la casa en saberlo.

La madre fue a el salón con Miguel de la mano y lo dejó con su padre, que maldecía en la oscuridad a la compañía eléctrica. Después, ella empezó a buscar en el interior de una caja que guardaba en el fondo de un armario. Palpando a ciegas sacó tres velas.  Las encendió allí mismo con el mechero del bazar, el que usaba para fumar, y le apeteció un cigarro. Pero estaba en casa, y jamás fumaba cuando estaban los niños presentes.

—Ane, ven a acabar de cenar —llamó a la niña.

Colocó las velas en unos vasos y las distribuyó: Ane y Miguel pusieron las suyas delante del plato; el padre y la madre compartieron el mismo cirio. Aunque no tenía mucho sentido que cada uno de ellos poseyera una candela, ya que apenas alumbraban, hacía que los niños se sintieran seguros.

Esa noche, mientras sus sombras bailaban al ritmo de las pequeñas llamas, y se camuflaban unas con otras en las paredes, la familia se sumió en la tranquilidad. Habitualmente eran los padres los que actuaban como las sombras: nunca estaban quietos; o bañaban a los niños, o cocinaban, o lavaban los platos, o ponían la mesa, o esto se quema, o se ha caído el agua...

Pese a que la cena estaba irremediablemente fría, aquella fue una de las veladas más agradables en mucho tiempo. Charlaron sobre las bombillas y sobre cómo se genera la energía, acerca de que Miguel tenia miedo y de castillos con fantasmas… Se rieron. Se miraron los rostros detenidamente, dándose cuenta de lo interesantes que se volvían con aquella mágica iluminación. Estaban a gusto, más unidos que en mucho tiempo. Las velas también se sentían queridas y soltaron lagrimas de alegría en forma de cera derretida.

Volvió la luz de golpe y se fueron encendiendo, uno a uno, los elementos electrónicos de la casa: sonó la tele en la habitación contigua, volvió a trabajar la máquina del aire caliente, se prendieron la mayoría de los cuartos... El padre consultó el reloj de la pared, ahora visible.

—Son más de las doce y mañana hay colegio –dijo alamado–. ¡Todos a dormir!

Miguel y Ane, en sus cuartos, pensaron que les habría encantando que no hubiera vuelto la electricidad. Sus padres, en el fondo, también creyeron lo mismo.

A partir del día siguiente, la cenas volvieron a ser aburridas: eran un cruce de preguntas y respuestas acerca del colegio, más de una regañina a Miguel, por comer incorrectamente, junto con discusiones de los padres. 

Las velas, en la oscuridad del armario, deseaban iluminar de nuevo a aquella familia.