VII Edición

Curso 2010 - 2011

Alejandro Quintana

Lorenzo

Juan Antonio Álvarez, 16 años

                 Altocastillo (Jaén)  

-¿Estáis todos?-preguntó Lorenzo al avanzar por el pasillo del autobús, contando a sus jugadores.

-¡Sí!- Contestaron a una.

Lorenzo, muy rápido, dio unas breves instrucciones al conductor del autobús y fue a sentarse a mi lado.

Nos dirigíamos a Jaén, donde tendría lugar el partido más importante de la liga regular de baloncesto, la final que nos llevaría a Sevilla o nos dejaría en nuestro pueblo, Torredonjimeno.

A Lorenzo se le veía muy cansado, como si no hubiese pasado buena noche a causa de los nervios. Yo era segundo entrenador del equipo, el pupilo de Lorenzo, y también había pasado mala noche.

Tras media hora de viaje, el autobús se detuvo. Estábamos en el polideportivo.

Primero bajé yo, dispuesto a organizar las mochilas de los jugadores y coger el botiquín. Luego salieron los muchachos, que entraron muy concentrados al vestuario. Por último, bajó Lorenzo. Vestía un chándal del club y portaba su vieja carpeta y su pizarra. Fuimos rápido al banquillo, en donde lo dejamos todo preparado.

-¿Estás nervioso? -me preguntó Lorenzo.

-Si, lo reconozco, pero la tensión se irá en cuanto empiece el partido -le contesté-. ¿Cómo lo tienes planteado?

-Quiero empezar conetrándoles en defensa, para que podamos conocer al otro equipo. Según como vaya el primer cuarto, cambiaremos. El ataque será muy dinámico, tal y como hemos entrenado.

Antes de que le pudiese hablar, llegó el entrenador del otro equipo, que se acerco a Lorenzo, y le estrechó la mano cordialmente. Mientras ellos hablaban, aparecieron nuestros jugadores, a los que les dije que calentasen e hiciesen estiramientos. El árbitro también saludó Lorenzo, con cara de preocupación.

El árbitro se quitó la sudadera y silbó. Quedaba un minuto para que comenzase el partido, Lorenzo llamó a los muchachos y les hizo sentarse. Él se puso en cuclillas y empezó a hablar:

-Estoy orgulloso de vosotros por llegar hasta aquí, cosa que nunca había conseguido. Solo quiero que disfrutéis del baloncesto, que hagáis lo que podáis y, sobre todo, que luchéis.

Se puso en pie y colocó la mano en medio de todos. Acto seguido, todos la unimos sobre su palma y nos miramos complacidos antes de gritar:

-¡Uno, dos, tres... ¡Toxiria!