XIX Edición

Curso 2022 - 2023

Alejandro Quintana

Diferente 

Leire Gómez Montero, 14 años

Colegio Ayalde (Vizcaya)

El olor a hierba recién cortada, el sonido de los aspersores, las caricias del viento en su rostro... podrían ser anodinos para aquellos que no reparan en los detalles de una tarde de verano. No obstante, para Carla resultaban fascinantes. Ella tenía la capacidad de percibir el mundo con una intensidad que le hacía fijarse hasta en los detalles más pequeños.

–¡Carla! ¡Carla!... –gritó su madre–. ¿No me oyes? Te estoy llamando desde hace diez minutos.

A menudo Rosario perdía la paciencia con su hija. No entendía por qué razón, cuando Carla no tenía ningún plan con sus amigas, se evadía mirando a “la nada”, en lugar de pasar el tiempo con ella o sentarse a ver la televisión. 

–Me tienes harta –con el ceño fruncido, la señaló con el índice–. Estás castigada a no salir  con sus amigas el resto de la semana.

Los dos primeros días transcurrieron con una aplastante monotonía. Carla se pasó las horas mirando por la ventana, memorizando las matrículas de los coches que pasaban frente a su casa, contando las palomas que volaban por el cielo. Durante el tercero, mientras colocaba contra una pared los objetos de su habitación según el orden alfabético de sus nombres –desde los cajones de su mesilla hasta el armario de al lado de la ventana–, algo llamó su atención.

Su madre se había dedicado durante años a la informática. Sin embargo, por alguna razón que Carla desconocía, apenas hablaba de ello. Además, había intentado deshacerse de todo lo que tuvo relación con aquella época, también del último ordenador con el que trabajó, que Carla acababa de encontrar en el fondo del armario.

La muchacha se puso a investigar las funciones de aquella máquina. Sólo tenía instalado un programa, especializado en el diseño gráfico en tres dimensiones. La muchacha enchufó la máquina y enseguida empezó a teclear, de tal modo que cuando acabó la semana de castigo había decidido dedicar su vida a los diseños en relieve.

Durante las vacaciones replicó en la pantalla lugares en los que desearía pasar una tarde de verano con sus amigas, como una playa, en la que consiguió que se apreciaran las olas y las conchas de la orilla. Gracias a la atención que ponía en cada detalle y a su excepcional memoria, creaba escenarios realistas.

Su madre recapacitó, y se dio cuenta de lo estricta que era en sus castigos. Decidió que debía cambiar su actitud frente a ella y empezó por contarle por qué le escondía tantas cosas sobre su pasado. 

El carácter de Rosario había sido semejante al de Carla, hasta que sufrió un cambio radical tras la dura experiencia de su primer empleo. La despidieron de una empresa informática cuando su jefe, al percatarse de que era una mujer observadora, curiosa, resolutiva y brillante, sintió que podía amenazar la continuidad de su puesto. Aquel hombre le comunicó a Rosario que sus cualidades eran tan negativas que impedían que pudiera seguir en la compañía.

Convencida de que era cierto, en el intento de cambiar su manera de ser Rosario se transformó en una mujer retraída. Por eso, al percibir que su hija era tan observadora y curiosa como ella lo fue, se dejó llevar por la envidia. Fue esa emoción la que le hizo penalizar a Carla con un castigo cada vez que esta se dejaba llevar por las ensoñaciones.

Rosario logró al fin comprender que lo que hacía a Carla diferente no era necesariamente negativo. Además, cayó en la cuenta de que su sentimiento de envidia respecto a su hija, había sido el mismo que su antiguo jefe volcó contra ella.