IX Edición

Curso 2012 - 2013

Alejandro Quintana

El descubrimiento

Roberto Gesteira, 14 años

                 Colegio El Prado (Madrid)  

Otra masa de espuma arremetió contra el barco entre el frío y la humedad.

—¡Capitán, vamos a chocar contra unos riscos puntiagudos!

El capitán Barba Férrea estaba mareado en su camarote. Su cabeza le daba vueltas. Hacía tiempo que el capitán no se mareaba. Él, un pirata conocido por los siete mares, capitán de “La Sirena Metálica”, el barco temido y envidiado por los corsarios del mundo, el marinero más honesto e inteligente de todos los borrachos piratas que pueblan la Tierra, el pirata que más barcos ha abordado, el que más islas ha conquistado, el que más tesoros ha descubierto, un hombre del que se podrían escribir más de siete mil versos en un romance… Un ruido ensordecedor lo despertó al tiempo que un escalofrío le recorría la espalda.

—¡Maldición! ¿quién ha sido?...

Nadie respondió, pero se dio cuenta de que su botella de ron acababa de romperse en mil pedazos contra el suelo. Se volvió a dormir.

—¡Capitán!

Mareo; gritos desesperados… El capitán despertó de su corto letargo y vio todo lo que ocurría: gran parte de la tripulación se lanzaba al Gran Azul, sin importarles morir atravesados por aquellas agujas pétreas.

—¡Sete! ¿Qué demonios ha pasado?

—Capitán, le he estado llamando, pero usted no respondía —explicó Sete, el primero de a bordo—. Será mejor que desembarquemos y vayamos a esa gran roca a refugiarnos.

El resto de la tripulación que quedaba a bordo del navío, se tiró al agua en dirección a la roca.

Cuaderno de bitácora del capitán Barba Férrea:

«Navegábamos sin rumbo desde nuestra última misión, la de encontrar un tesoro en las gélidas tierras de Groenlandia. Una tormenta apareció como de la nada y nuestros instrumentos de navegación se cayeron por la borda. La estrella Polar se escondía tras las negras nubes… Hemos encallado y no nos quedan víveres, solo ron. Más de la mitad de nuestros oficiales han muerto. No podemos hacer nada; solamente esperar, esperar a que alguien venga…Los marineros que han sobrevivido se duermen exhaustos. El romper de las olas contra los escombros de la nave destrozada se mezcla con los ronquidos de los marineros. Truenos. Silencio. Ruido agradable. Música. Luz tenue. Piedras blancas...>>.

—¿Dónde estamos? —pensó Barba Férrea—. Qué lugar más extraño… Me recuerda a Grecia, pero no lo es, he estado allí más de mil veces. Soy un lobo de mar y he surcado el Egeo, conozco todas sus islas y ésta no me resulta familiar…

Bloques de roca blanca formaban los edificios de aquella ciudad submarina. El cielo era como el mar. La atmósfera hizo recordar al capitán los momentos pasados. Una vez lo desterraron a una isla desierta, poblada únicamente por una palmera y un cangrejo. Fue entonces cuando las musas conquistaron su cabeza y se puso a trabajar: el tronco de la palmera se convirtió en una espléndida canoa, un largo mástil y un remo provisional. Las largas hojas del árbol tropical le sirvieron como velas. Utilizó las pinzas del crustáceo para enganchar el mástil a la barca y las velas al palo principal. Y el cuerpo del cangrejo lo usó como mascarón de proa de la rústica embarcación. Se quitó su pañuelo negro, con las tibias y la calavera, y lo ató al mástil como bandera pirata…

—¿Sete? ¿Dónde estás? —preguntó el capitán Barba Férrea.

— Aquí, mi capitán. ¿Sabe dónde estamos?

— No tengo la menor idea… No estamos en Creta, ni en Rodas. Tampoco en Atenas…

— No, no estamos en Grecia. ¡Hemos encontrado la Atlántida!