XIX Edición

Curso 2022 - 2023

Alejandro Quintana

Julia 

María Ortiz, 16 años

Centro Zalima (Córdoba)

Colocó el vinilo en el tocadiscos, levantó el brazo de la aguja y esperó con ansia a que llegara su canción favorita, la tercera en aquella rueda negra que giraba y giraba. Hacía tiempo que la música era de las pocas cosas que a Julia le hacía sonreír.

Mientras esperaba la canción, movía su cuerpo y contoneaba sus caderas con ritmo, imitando a su cantante favorito. En esos momentos se sentía libre. Pablo, su mejor amigo, que estaba en la misma habitación, la miraba con sonrisa inocente mientras Julia daba vueltas, bailaba y cantaba.

Cuando al fin sonó su canción favorita, subió de un salto a la cama con el puño cerrado, actuando como si tuviera un micrófono. Pablo la observó, embobado. Entonces Julia le ofreció su mano para que se uniera al espectáculo. Ambos se pusieron a saltar y a cantar, sin importarles que sus voces salieran en distintos tonos, pues la de Pablo era altisonante, su pronunciación en inglés era horrible y desconocía la coordinación corporal.

Cuando el tema llegó a su fin, y con él la cara del disco, se dejaron caer de espaldas en la cama mientras soltaban carcajadas. Segundos después, el silencio reinó en la habitación.

Julia se levantó y le dio la vuelta al disco. Empezó a sonar una música lenta. Se sentó al lado de Pablo y rompió a llorar. Él se limitó a limpiarle las lágrimas mientras la abrazaba con fuerza.

Julia odiaba que la felicidad se le escapara en momentos efímeros, que las personas y las cosas desaparecieran con el pasar del tiempo. Pensó en su abuela, que ni siquiera recordaba su nombre a causa del alzheimer. El día que Julia comprobó la totalidad de aquel olvido, sintió como si todo a su alrededor se rompiera en mil pedazos.

Julia tenía pánico a olvidar. Desde que Pablo la conocía, apuntaba los pequeños detalles de su vida en una libreta, para poder revivirlos cuando fuera mayor. Pero a pesar de aquellos momentos en los que demostraba ser una muchacha vulnerable y sensible, era todo alegría. Bastaba que comenzara a narrar cualquier historia, para que Pablo se quedara embobado durante horas. Al hablar, convertía las palabras en colores vivos que le transmitían la fuerza de vivir.

Según Pablo, Julia era todos los libros que uno ha leído, porque su voz le llevaba a apreciar hasta los detalles nimios. Julia era toda la música, porque provocaba en él la agradable sensación que produce escuchar las canciones favoritas y el rumor del mar.

Así era Julia, tan transparente que dejaba ver sus heridas, las que nunca cicatrizan, donde se enraízan todas las historias.